Los mexicanos rara vez le otorgamos a nuestro país la categoría de una verdadera potencia industrial. Preferimos solazarnos en evocaciones de nuestra cultura, el pasado prehispánico, la riqueza culinaria, las tradiciones y otras señales identitarias.
En estos tiempos, además, los temas de producción de maquinaria, competitividad e inversores extranjeros, entre otros, son remitidos fulminantemente al renglón del pecaminoso neoliberalismo y no figuran entonces de manera prominente en el discurso público.
Y ocurre también que cualquier referencia al dinamismo del sector exportador o a la capacidad industrial instalada es descartada por muchos interlocutores al reducirla a un asunto de salarios bajos y descarada explotación de los trabajadores mexicanos, como si en este país no existieran técnicos altamente calificados o individuos emprendedores, por no hablar del gran talento local.
Pues resulta, miren ustedes, que México es el principal socio comercial de la primera potencia económica del planeta, ni más ni menos, por más que nuestros vecinos parezcan desestimar la importancia de tan estratégica relación y que los socios canadienses se arroguen ese lugar que nos hemos ganado.
Esta privilegiada circunstancia debería no solo otorgarnos una sustantiva suficiencia negociadora sino colocarnos también en el correspondiente lugar en la esfera mundial, como acreditados protagonistas en el concierto de las naciones.
Por eso resulta muy extraño que el apartado de la política exterior no merezca mayor preponderancia en el actual gobierno y que la propia jefa del Estado mexicano se abstenga de participar en los grandes encuentros de la comunidad internacional.
Davos importa de la misma manera como los diferentes mandatarios que han decidido participar en el debate de la Asamblea General de la ONU se encuentran allí para responder a los intereses de sus países.
Los modos del antecesor de Claudia Sheinbaum, desentendido de la agenda internacional, no tienen por qué ser los de la actual Presidenta de México, un país con una muy honorable tradición en las relaciones exteriores.