Política

“Choque de civilizaciones” en Ormuz

El anuncio del presidente Trump de la posible destrucción apocalíptica de la civilización persa de Irán (la más antigua de la humanidad, con 3,200 años de existencia antes de la era cristiana), el retiro de EU de la primera mesa de negociación en Pakistán para intentar reabrir el canal de Ormuz y el cuestionamiento al papa León XIV, líder del catolicismo, por denunciar la “ilusión de omnipotencia” que está detrás de la guerra en Irán, son episodios que nos remiten a un escenario de las relaciones internacionales que parecía superado o irrealizable: el llamado “choque de civilizaciones”, término acuñado hace tres décadas por el politólogo estadunidense Samuel P. Huntington para explicar cómo podrían ser los conflictos internacionales una vez concluida la etapa de la Guerra Fría, con la caída del muro de Berlín y el desplome de la URSS como potencia ideológica, económica y militar.  

Según Huntington, la desaparición del mundo bipolar representado por los EU y la URSS (capitalismo vs. comunismo), donde la historia se habría decantado a favor del primer modelo, representado por el libre mercado, la democracia y los derechos humanos (los llamados “valores occidentales”), provocaría que los conflictos internacionales entre las naciones ya no fueran por motivos ideológicos o económicos, sino por factores culturales y religiosos entre las diferentes civilizaciones. Ya no veríamos guerras impulsadas por mundanas expansiones territoriales o apropiaciones de mercados económicos, sino por imposiciones de pensamientos, religiones y culturas únicas. Una especie de “cruzadas” modernas que buscarían imponer estilos de vida, pensamiento y creencias de una civilización al resto del mundo. 

El también profesor de Harvard delineó en aquel momento un mundo de ocho civilizaciones: occidental (con EU al frente), ortodoxa (liderada por Rusia), islámica (Irán o Arabia Saudita al centro), sínica (con China a la cabeza), hindú, japonesa, latinoamericana (liderazgo de México o Brasil) y africana. Advertía también que el avance de la civilización occidental sobre las restantes siete generaría conflictos, fricciones, resistencias y guerras, especialmente de parte de las civilizaciones islámica y ortodoxa.

Huntington recibió críticas en su momento por acogerse al fatalismo de las escuelas de pensamiento que proponían el fin de la historia, y por confundir lo que eran burdos fines económicos con cruzadas civilizatorias de la humanidad.

El control del canal de Ormuz, por el que transita 40 por ciento del petróleo y el gas que mueve a la economía mundial, y el cruce de amenazas de destrucción entre los actores de este conflicto viene a demostrar que sí existe en efecto un choque de civilizaciones, pero cuyos motivos, más que culturales, siguen siendo mundanamente económicos, por el control de materias primas, energías básicas y tierras raras, cuyo objetivo no es precisamente civilizar, sino dominar o exterminar al otro.

No sabemos aún el desenlace del canal de Ormuz, pero tampoco es difícil adivinar la carta central de la mesa de Irán: el manejo del tiempo; los descendientes de los persas estirarán la liga hasta noviembre, apostando a la pérdida republicana en la elección intermedia, por la irritación que causa en el electorado medio occidental la inflación de un Ormuz estrangulado; mientras que EU e Israel buscarán a la brevedad posible colocar al frente de Irán a un ayatolá occidentalizado.

Conclusión: ninguna guerra es civilizatoria. Menos las que huelen a azufre, petróleo y gas, el hedor del infierno.


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Ricardo Monreal Ávila
  • Ricardo Monreal Ávila
  • ricardomonreala@yahoo.com.mx
  • Coordinador de los senadores de Morena y presidente de la Jucopo / Escribe todos los martes su columna "Antilogía" en Milenio Diario
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