Cuando OpenAI permitió a 600 de sus empleados vender acciones, hace algunos meses, como 75 de ellos se llevaron a casa al menos 30 millones de dólares cada uno. Por otro lado, un artículo publicado en Bloomberg en días pasados decía que, de acuerdo con diversas proyecciones, la esperada salida a bolsa de Anthropic creará alrededor de 50 centimillonarios —personas con una fortuna personal de más de 100 millones de dólares— y hasta mil 200 decamillonarios (o sea, con más de 10 millones de dólares).
No solamente se trata de lo asombroso de números tan, tan grandes —que ya de por sí son una locura— sino que estamos presenciando la creación de riqueza en niveles nunca antes vistos entre quienes son sólo empleados.
Históricamente quienes han llegado a tener tanto dinero son los dueños y los fundadores de las grandes organizaciones. Pero este puñado de empresas de inteligencia artificial están cambiando el guión y permiten a meros asalariados alcanzar patrimonios que suenan absolutamente absurdos en el mundo de los mortales.
El citado artículo de Bloomberg y otro publicado en el Wall Street Journal —ambos sobre el mismo tema— hablan de personas que literalmente no saben qué hacer con tanto dinero. Muchos compran propiedades inmobiliarias (algo que está haciendo que el precio de la tierra en la zona de Silicon Valley esté disparándose). Pero después de eso, no parece haber muchas cosas que les interesen. Uno que otro se compra un reloj muy caro. Otros compran un sauna. Quizás un auto exótico. Curiosamente, algunos están comprando árboles maduros —un “artículo” que puede costar hasta más de 100 mil dólares.
Estos árboles comprados son una buena representación de lo que está pasando aquí. Son fortunas creadas en cinco años (o menos). Sus nuevos dueños no tendrán la paciencia para esperar que crezca un árbol nuevo. ¿Para qué esperar si el dinero me puede traer ya uno enorme que decore mi propiedad?
Una vez que las acciones de estas organizaciones estén listadas, creo que se van a enfrentar a varios problemas de recursos humanos. El obvio es la retención: ¿qué tan factible es que quiera seguir trabajando para alguien más una persona que ahora vale sus buenos 50 millones de dólares? ¿Y si no se van? ¿Cómo será la dinámica dentro del organigrama cuando aparezcan tantos millonarios por ahí? No tengo la menor idea, pero no tengo la menor duda de que cambiará el comportamiento y las expectativas individuales. Bendito problema.
Warren
Formalmente llega a su fin la era de Warren Buffett. A sus 96 años, el legendario inversionista dejó de ser el CEO de su empresa hace algunos meses y la semana pasada le cedió la presidencia del consejo a uno de sus hijos. Entre las muchas cosas que se le pueden aprender, una de las más relevantes es cómo mantuvo un extraordinario nivel de popularidad durante décadas. Para los empresarios mexicanos que se entercan en “mantener un bajo perfil”, Warren Buffett es un ejemplo de cómo sí se puede aprovechar la figura pública para que le vaya mejor a tu empresa —todos querían comprar sus acciones y quedárselas para siempre, así como también hacer negocios con él— y a la vez de regalarle a la sociedad un ejemplo positivo de lo que significa ser un empresario. En un contexto en el que los empresarios suelen ser los malos (en el discurso público y hasta en las series), no estaría de sobra tener buenos ejemplos de empresarios en este país.