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Jueves , 25.04.2019 / 21:08 Hoy

Historias negras

Neto se fue a los 33 años... igual que Jesucristo

Raúl Martínez

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A sus 33 años, Ernesto Juventino Moya Aranda se levantó el pasado lunes 8 de abril con la sonrisa de siempre para iniciar con optimismo un día más de trabajo, sin pensar que sería el último de su vida.

Mientras se arreglaba para irse a trabajar, doña Martha Aranda, su mamá, le preparaba el desayuno, pues sabía que el oficio de su hijo era muy agotador y por eso quería que estuviera bien alimentado y saludable.

Neto, como todos lo llamaban, almorzó de manera apresurada y con palabras y mimos cariñosos se despidió de su madre, quien como todos los días le dio su bendición.

En la flor de su vida, el joven era dinámico, vigoroso, simpático y muy amiguero; todos lo apreciaban mucho, porque además estaba soltero y por eso le sobraban admiradoras.

Incluso estuvo a punto de casarse, pero cuando ya estaba casi todo listo, surgieron discrepancias en su relación y la boda se canceló.

Lejos de buscar el olvido de su relación amorosa en parrandas, les dedicó más tiempo a sus padres, don Juventino y doña Martha, quienes eran su adoración, pues desde siempre había vivido con ellos y aunque no eran ricos, pudieron ofrecerle todo lo necesario para que disfrutara con tranquilidad de su infancia y juventud.

Y como buen hijo, cuando Neto creció y empezó a trabajar con empeño y constancia, les correspondió al hacerse responsable de los gastos de la casa, pues ante la avanzada de su padre, él ya no podía trabajar.

Para Neto, sus padres no representaban una carga, por el contrario, estaba feliz de ser ahora quien proveía de todo lo necesario y su bondad, siempre fue recompensada con el amor y la atención que a cada momento sus padres le prodigaban.

Por eso en ningún momento se quejaba o renegaba de su trabajo, que sí era muy pesado, pues consistía en manejar un camión de volteo desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde en la zona citrícola.

Así que a Neto, acostumbrado al trabajo rudo, siempre se le miraba feliz al volante de su camión.

Todos lo conocían en Allende y él con la sonrisa y la mano en alto saludaba a sus vecinos.

Pero quienes más lo apreciaban eran sus amigos del vecindario, con quienes por las tardes o fines de semana se reunía para platicar, disfrutar de una carne asada y por supuesto de los partidos de futbol.

Neto tenía muchos sueños por realizar y estaba seguro de cumplirlos y ese lunes 8 de abril, luego de cargar su camión con tierra, enfiló hacia la carretera Nacional para entregar el pedido.

Con el vigor y destreza de la juventud, emprendió su viaje sin imaginarse que sería sin retorno, pues cuando circulaba por el kilómetro 223 de la carretera Nacional, a la altura de Buena Vista, el terror se apoderó de él al percatarse que los frenos de su camión no respondían.

Desesperado, trataba de frenar y controlar el pesado vehículo que en ese momento había tomado una curva tras cruzar el puente sobre el río Ramos.

Todo fue inútil. La unidad de carga estaba fuera de control, lo que ocasionó que se volcara y las toneladas de tierra que transportaba cayeran sobre su cuerpo. Todo se oscureció, silencio total. Su vida había llegado al final de manera trágica y repentina.

Como en todo pueblo chico, las malas noticias cunden rápido y los primeros en enterarse de la tragedia usaron las redes sociales para comunicar a todos sus amigos el triste acontecimiento.

Neto ya no volverá a cantar al volante de su torton de volteo, ni tampoco alegrará las mañanas de sus padres con sus mimos y su sonrisa.

A su funeral en la comunidad de El Fraile acudieron cientos de personas y no hubo uno solo de sus amigos que no derramara lágrimas por su repentina partida.

Aunque tristes, todos recordaron que en vida, Neto les comentó que cuando él muriera, quería que lo despidieran con alegría, música, canciones y que hubiera "arrancones" de autos en el cortejo, que se oyeran "quemando llanta".

Y le cumplieron su deseo: cuando llegó el momento de la despedida, en el camino al cementerio la música y las canciones que tanto le gustaban a Neto empezaron a escucharse.

Por momentos la música era ahogada por el rechinar de las llantas y el bramido de los motores V8 de las camionetas y autos que con "arrancones" despedían al inolvidable amigo.

Lo despidieron como él quería, pero deja un vacío entre sus amigos, sus primos, vecinos, tíos y toda su familia, a quienes en la víspera de la Semana Santa, les llama la atención que Neto murió a sus 33 años, la misma edad de Jesús al ser crucificado.

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