Aunque pasamos por días oscuros y extraños me dio envidia. Todos los hijos y las hijas que conozco lograron que sus mamás se conectaran con ellos mediante una videollamada en el día de la madre. No sé cómo lo hicieron, pero de pronto amaban a sus mamás más que nunca y las veían en pantallas de computadoras, celulares, iPads.
Me puse a darle vueltas al asunto. Consulté amigos que saben un rato largo de comunicaciones, Fernando Santillanes, que escribe en páginas contiguas, me aconsejó diversas formas de entrar en contacto y sobre todo de que mi madre pudiera contactar, ya saben cómo son los viejos. Y de pronto, entre Google Chrome y el Cram y el Zoom, ahí estaba mi madre, una niña de mil años, como escribió Octavio Paz. Gran éxito de la tecnología.
Hace mucho que no te veo, me dijo mi mamá. Mucho trabajo, madre. Siempre lo mismo contigo, se quejó: ¿Me puedes explicar qué pasa? No cesan de llegar personas quejándose de un coronavirus, me dijo. Quise simplificar: es que unos chinos no frieron bien un murciélago y se desató un virus que se convirtió en una pandemia planetaria del carajo.
¿Tus hermanas?, me preguntó. Muy bien, mejor que nunca, le mentí, pues nunca las veo. Cuéntame de ti, le devolví su curiosidad viéndola a los ojos atentos, su rasgo de carácter de toda la vida: la atención discreta. Me aburro un poco, dijo, tu padre ya no es el que era antes, la serenidad lo ha domado. Mándame unos libros, aquí no llegan novedades. Te mando unos, seguro. ¿Llegarán? A este lugar acaba por llegar todo, me dijo.
Gastamos todo el tiempo de la videollamada en trivialidades, como debe ser en un día de la madre: el tío Zutano, algo de política, periódicos y noticias. De pronto me dijo: ni se te ocurra venir a verme, aquí está prohibida la entrada, el contagio, ya sabes. Volví a ver su rostro surcado por el tiempo. ¿Entonces cuándo nos vemos?, le pregunté agitado. No en estos días tan enredados, me respondió. ¿Besos?, le dije como le decía siempre. Besos, me contestó. El tiempo de la videollamada expiraba.
Expirar, cosa rara. Terminé feliz mi llamada, una extraña alegría. Mi madre murió en 2009 y soy aún un huérfano irremediable.
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