Ciertamente una de las preguntas básicas para nuestra vida es la que concierne a lo que somos, pues lo que somos es presupuesto de lo que podemos buscar para alcanzar, en lo posible, la felicidad en la perfección. Cual sea nuestra esencia o naturaleza, a lo largo de la historia y de la existencia de la humanidad ha sido comprendido y expresado de modos diversos, muchos de los cuales, sin embargo, presentan semejanzas y analogías.
Una primera aproximación permite ver que entre los seres vivos compartimos muchas características con los animales. Así, resulta que nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos, como sucede con todos ellos. La palabra “animal” que usamos en español deriva de “anima” que indica a vida y de la cual deriva también nuestra palabra “alma”. Ya se veía que para vivir no bastaba la reunión de un conjunto de materia, pues algo más distingue la materia inerte de la materia viva y, en particular, de los animales.
Pero hay que decir más, porque, si bien podemos situarnos desde esta perspectiva en el reino animal, se hallan en los seres humanos ciertas características peculiares. Entre los animales nos encontramos a su vez entre los vertebrados, y además entre los mamíferos, luego entre los primates, entre los homínidos y pertenecemos al género “homo”. Con todo, existen en los humanos todavía ciertos rasgos peculiares que parecen rebasar el terreno de la biología.
Aunque existe comunicación en muchas especies animales, el lenguaje articulado de los hombres no tiene parangón con ningún otro, conectado con una inteligencia igualmente excepcional.
De maneras diferentes en las culturas se buscó dar una explicación de la condición humana y del mundo en que ella se encuentra. Los antiguos mitos no eran tonterías, sino respuestas inacabadas a las preguntas fundamentales sobre nuestra esencia. Llegaron después las respuestas elaboradas de los filósofos y las perspectivas religiosas más profundas. No todas las respuestas son igualmente consistentes pero muestran la necesidad de encontrar sentido a la vida.
Las ciencias experimentales, como se han desarrollado en los últimos siglos, han colaborado al conocimiento de lo que somos y sus aportes son admirables. Hoy se saben muchas cosas gracias a un trabajo metódico y cuidadoso. Sin embargo la pregunta de fondo subsiste, al igual que las respuestas religiosas y filosóficas. En el ser humano se insinúa un misterio que tiene que ver con el bien y el mal, que se resiste a ser totalmente descifrado.