Cultura

Una inteligencia que no entiende

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Durante siglos dimos por sentado que ser inteligente implicaba comprender, pensar, razonar, establecer relaciones, aprender de la experiencia y poder explicar por qué algo es como es: todo ello parecía formar parte de una misma capacidad. Hoy esa asociación empieza a tambalearse; los sistemas de inteligencia artificial pueden traducir textos, resolver problemas, resumir libros, programar, detectar patrones y sostener una conversación razonablemente coherente. Lo hacen con una eficacia que hace apenas unos años habría parecido extraordinaria. Pero ¿entienden lo que hacen?

La pregunta remite al ámbito de la técnica, pero es una pregunta filosófica. Cuando una persona comprende algo, no se limita a producir una respuesta correcta; puede sentir lo que esos datos le dan, puede relacionar lo que sabe con otras experiencias, advertir consecuencias, reconocer contradicciones y hasta modificar su juicio. Sobre todo, puede situar aquello que comprende dentro de un mundo que también experimenta: comprender tiene que ver con habitar un mundo, no solamente con procesar información.

La inteligencia artificial, en cambio, trabaja con enormes cantidades de datos y establece relaciones estadísticas entre ellos. Puede producir una explicación convincente sobre el dolor sin haber sentido nunca dolor; puede hablar de la muerte sin saber que va a morir y puede describir el amor sin haber amado a nadie.

Con lo anterior no quiero decir que sus respuestas carezcan de valor, sino que tenemos que preguntarnos qué clase de capacidad estamos llamando “inteligencia”. Alguien puede conocer perfectamente la definición del color rojo y, sin embargo, si nunca hubiera visto, seguiría faltándole algo. Del mismo modo, una máquina puede manejar con enorme precisión el lenguaje del sufrimiento sin conocerlo.

Durante mucho tiempo juzgamos la inteligencia a través de sus manifestaciones externas: alguien es inteligente porque responde bien, resuelve problemas, aprende, argumenta o descubre relaciones que otros no habían visto. Si una máquina comienza a realizar esas mismas operaciones, ¿podemos negarle inteligencia?

Quizá el error está más bien en haber colocado demasiadas cosas distintas bajo una sola palabra. Podemos distinguir, por ejemplo, entre resolver un problema y comprenderlo; entre manejar información y tener experiencia; entre producir lenguaje y tener algo que decir; entre responder de manera adecuada y saber por qué una respuesta importa.

La inteligencia artificial nos obliga a revisar una idea muy antigua de nosotros mismos. Durante siglos nos definimos como animales racionales y convertimos la razón en la frontera entre los seres humanos y el resto de los seres vivos. Tal vez por eso la inteligencia artificial nos inquieta tanto; no sólo porque pueda quitarnos empleos, cometer errores o adquirir demasiado poder, lo cual es lamentablemente una realidad. Pero también nos inquieta porque pone en duda uno de los criterios con los que nos hemos definido como seres humanos. Si una máquina puede argumentar, escribir, calcular y aprender, entonces quizá la racionalidad por sí sola nunca fue suficiente para explicar aquello que somos. Hemos de repensar todas esas otras cualidades que relegamos al “mundo animal”, excluyéndonos del mismo. Nietzsche lo expresó así cuando afirmó que el cuerpo es una “Gran razón”. Con ello cuestionaba la idea de una razón pura, separada del cuerpo y de los afectos. Comprendemos lo que pensamos porque somos cuerpos vivientes, como lo son el resto de los animales que comprenden el mundo de una manera diferente, con una estructura diferente a la humana.

La aparición de la inteligencia artificial vuelve especialmente actual esa intuición. Una máquina puede realizar operaciones extraordinariamente complejas sin compartir una forma de estar en el mundo. Eso quizá nos obligue a reconocer que inteligencia y comprensión no son idénticas.

La cuestión no es, entonces, decidir si las máquinas piensan o no piensan: es preguntarnos qué entendíamos nosotros por “pensar”. La inteligencia artificial podría terminar enseñándonos menos acerca de las máquinas que acerca de nosotros mismos.


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Paulina Rivero Weber
  • Paulina Rivero Weber
  • paulinagrw@yahoo.com
  • Es licenciada, maestra y doctora en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sus líneas de investigación se centran en temas de Ética y Bioética, en particular en los pensamientos de los griegos antiguos, así como de Spinoza, Nietzsche, Heidegger.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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