Cultura

Un caballo sin sed

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Siempre me ha sorprendido la biografía de la palabra griega scholé, de donde viene nuestra palabra “escuela”. Originalmente scholé significaba “ocio”. ¿Qué ocurrió para que una institución cuyo nombre proviene del tiempo libre se haya convertido en una gobernada por horarios, evaluaciones, productividad y competencia? Pareciera que nada escapa a la capacidad humana de tecnificar todo, de fijar y congelar el devenir y como diría Machado, arrojar en la arena, muertos, los peces del mar.

El ocio, originalmente se pensó como el descanso propio del tiempo libre, en el cual se podían dejar de lado las actividades necesarias para vivir. Ese tiempo comenzó a dedicarse a platicar, y una plática con una persona como Sócrates o alguno de los sofistas, evidentemente conllevaba aprender algo, pero ese aprendizaje surgía del placer de la conversación. No implicaba sentarse y callarse la boca para escuchar a un profesor que supuestamente transmitía de modo racional sus conocimientos: implicaba, ante todo, el placer del diálogo.

Hoy la escuela es el lugar en donde no hay ocio y los niños aprenden, quieran o no. Poco importa el deseo de adentrarse en un tema: se va a la escuela y se aprende porque eso es lo correcto, porque eso –supuestamente– forma a un individuo. Pero ¿qué sabe el niño de la formación individual?

En esto el educador francés Célestin Freinet ha sido una voz lúcida que aún hoy continúa inspirando algunos centros de aprendizaje. En su escrito “La historia de un caballo que no tiene sed”, Freinet presenta a un joven que intenta hacer beber a su caballo antes de llevarlo al campo, pero el caballo no quiere beber: quiere acercarse a la alfalfa. El joven insiste, hasta hundir en el agua el hocico del animal. Entonces un campesino le dice que deje al caballo comer alfalfa, que es lo que quiere, y luego por sí mismo beberá.

En esta especie de fábula, Freinet compara la sed con el deseo de aprender y aconseja no empecinarse en pretender que un niño sin sed de aprender, aprenda. Es necesario provocar esa sed en el niño. ¿Cuáles son esas condiciones que hacen que una niña o niño quiera aprender?

Heidegger consideró que el conocimiento llega al ser humano en un proceso prerracional. No requiere que el niño comprenda que debe aprender para formarse como ser humano, sino lograr que el niño quiera aprender. Y para ello, considero que aprender tiene que ser algo lúdico.

Aprender puede ser nuevamente el uso del tiempo libre. En el Reino Unido muchas escuelas han implementado jornadas de Forest school, en las que un profesor, conocedor del bosque lleva a los niños a… ¿divertirse? Sí. Pero ahí aprenden cosas que no aprenderían en un salón de clases. Aprenden, por sólo dar un ejemplo, que el pájaro muerto en el suelo ha dejado de vivir del mismo modo en que las hojas que pisan han caído del árbol. A esos niños no es necesario explicarles la muerte: la ven como algo obvio y natural.

Provocar sed en el caballo era sólo cosa de dejarlo en paz; dejarlo comer hasta tener sed. ¿Teachers leave the kids alone? No exactamente, pero sí es necesario dejar que los niños sientan sed: de ese modo, aprenderán por sí mismos y el profesor será una guía digna de amarse y no una figura amenazadora que provoca, más que de respeto, temor. El maestro no provoca aprendizaje: provoca sed de aprender.

Pero educar con método, como lo requieren nuestras escuelas, no implica simplemente dejar que los niños sientan sed, sino provocarla en ellos. Y ese no es un proceso racional, sino uno emocional. Para Heidegger aprender requiere una disposición, una apertura hacia aquello que ha de ser aprendido: provocar sed es provocar esa apertura.

No olvidemos que si Nietzsche admiró al griego antiguo, fue por su capacidad para educar mediante formas irreductibles a la argumentación conceptual, como lo son la tragedia, el arte o los mitos. La verdadera educación se apoya en, y a la vez crea, un ser humano integral.

Por todo ello, los resultados de una buena educación no pueden ni deben medirse con base en la formación masiva de individuos altamente funcionales: verlo así, esa es la desgracia de nuestro tiempo.

Educar no es lograr seres funcionales que desborden los rankings.

Educar es una forma de amar y enseñar a amar.


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Paulina Rivero Weber
  • Paulina Rivero Weber
  • paulinagrw@yahoo.com
  • Es licenciada, maestra y doctora en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sus líneas de investigación se centran en temas de Ética y Bioética, en particular en los pensamientos de los griegos antiguos, así como de Spinoza, Nietzsche, Heidegger.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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