Política

Ambición moral

Matthieu Ricard se doctoró en el Instituto Pasteur bajo la supervisión del premio Nobel François Jacob. Todo parecía indicar que haría una brillante carrera científica en el campo de la biología molecular, sin embargo, en 1972 cambió los laboratorios por un templo budista, enclavado en una montaña del Tíbet.

Ahí dominó a la perfección el arte de la meditación, convirtiéndose en 2004 en la persona más feliz del mundo, según declaró un grupo de investigadores de la universidad de Wisconsin, que estudió el cerebro de Ricard. Jamás, dijeron los científicos, habían visto una actividad cerebral tan alta en el nivel prefrontal izquierdo de un ser humano. Sus emociones positivas superaban, por mucho, el nivel de la beatitud. Dicho brevemente, Ricard era más feliz que un santo viendo cómo se abrían ante sí las puertas del cielo.

Evidentemente esta transformación cerebral no se dio de la noche a la mañana. Cuando a Matthieu Ricard le hicieron el estudio ya había acumulado más de 60 mil horas meditando, poco más de 7 mil 500 días laborales, lo cual equivale a alrededor de 31 años de una jornada de 40 horas semanales.

Además de su mente apacible, ¿qué abonó Ricard durante ese periodo a la sociedad? Aparentemente poco. Ante la pregunta expresa de un reportero, el afamado monje reconoció que durante todo este tiempo no logró “convertir la compasión en acción”.

¿Cómo catalogar a Ricard? ¿Como el más feliz del mundo que logró serlo por invertir más de 30 años sentado meditando? ¿Cómo medir el impacto social de quienes se cruzan de piernas y dedican la vida entera a aquietar la furia de sus demonios internos? ¿Este tipo de personas son las imprescindibles en una sociedad? ¿La actividad profesional de un monje como Ricard está más próxima a la bondad o a la falta de ambición moral?

Dada la relevancia que tiene este último asunto, Rutger Bregman escribió un esclarecedor libro al que tituló Ambición moral, misma que entiende como “la disposición o el deseo de hacer del mundo un lugar decididamente mejor”.

Quien la pose, tiene perfectamente claro que solo tenemos una vida, por ello no hay tiempo que perder. Los individuos moralmente ambiciosos, dice Bregman, están convencidos de que “lo que cuenta no es lo correcto, sino lo que estás dispuesto a hacer por ello”. No se trata de rollos ni de buenas intenciones, sino de acciones concretas que impactan positivamente.

De cómo opera la ambición moral, hablaré en mi próxima entrega.


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Pablo Ayala Enríquez
  • Pablo Ayala Enríquez
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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