El asunto del examen de ingreso a licenciatura en la UNAM tiene múltiples aristas; por motivos de espacio, me concentraré sólo en tres de ellas.
Primeramente, de este asunto resulta evidente la convicción generalizada de que el título universitario es un factor de movilidad social. El examen de la UNAM no fue fraudulento; la conducta de muchas de las personas aspirantes que lo presentaron sí. Hay un primer bloque de examinados que, aun pudiendo transigir, optaron por no hacerlo. Pero el resto consideró que el “premio” en juego era suficientemente grande como para arriesgarse. Tenemos un enorme trabajo por hacer para abrir a las juventudes otras alternativas de éxito, además de una carrera universitaria. Pero, sobre todo, se nos presenta el gran desafío de fortalecer su conducta ética.
El segundo punto que quisiera resaltar es que más allá del estrés generado en este proceso universitario específico, existe una lesión más amplia a la UNAM. A diferencia de lo que ocurre con otro tipo de instituciones para las que la aplicación de pruebas es una simple gestión del reclutamiento, en el caso de las universidades, los exámenes tienen una función de carácter pedagógico. El examen evalúa conocimientos, pero también genera aprendizajes y está presente en permanencia en la vida escolar. De tal suerte que evidenciar una incapacidad en su manejo fragiliza la imagen de la Institución en un elemento consustancial a su labor central que es impartir conocimientos, evaluarlos y certificar a quienes los poseen.
Tercero y último, no puedo dejar de mencionar que más allá del rompimiento del contrato con la empresa prestadora del servicio, sólo una funcionaria ha debido dejar su cargo en razón de lo ocurrido. Y esa funcionaria fue nada menos que la secretaria General, Patricia Dávila Aranda. Nunca una mujer había llegado tan alto en el organigrama de la UNAM. No hubo explicaciones del porqué justamente ella, al frente de una larguísima cadena de mando, debió pagar por el desaguisado; pero no puedo dejar de advertir las típicas prácticas del patriarcado protegiéndose a sí mismo ante el menor riesgo de desprestigio.