Ya quedó perfectamente claro. La presidenta Claudia Sheinbaum se ha asumido plenamente en el liderazgo de su partido. Al menos así lo hizo sentir en su mensaje con motivo del segundo informe de su administración (el informe propiamente es el que se entregó en el Congreso de la Unión), y resaltó a más no poder el objetivo de dar continuidad a su proceso de transformación, Dicho de otra manera, el mensaje de Palacio, en el que se encontraban empresarios, gobernadores de distintos colores, etcétera, más bien parecía un mitin de partido. El “que nadie se equivoque” fue reiterativo especialmente para rescatar la idea de que en el seno de ese organismo no hay divisiones ni fragmentaciones.
Todos saben que tal aseveración, por enjundiosa que se haya dicho, dista bastante de ser realidad. Hay muchos acontecimientos en los que la presidenta ha tenido que sacar la cara ante todo lo que han deteriorado sus “compañeros” en varios frentes. La situación ha sido ambivalente ya que por un lado trata de defender la gestión de su antecesor y por otro ya no siente lo duro de los errores, las acusaciones y demás desaguisados de los “protegidos” por el anterior mandatario.
Lo más difícil viene por delante. Trata Sheinbaum de salvar a su partido de un eventual descenso considerable en las próximas elecciones, lo cual ya nadie está cierto. Las encuestas de la popularidad presidencial siguen mostrando ventajas indiscutibles pero ese prestigio no se ve muy compartido con todos sus correligionarios. Al contrario, partir qué muchos de ellos se están “luciendo” en cuanto a contribuir a arruinar posiciones políticas que se creyeron a salvo. La “justa medianía” de la que hablaba López Obrador no es para nada real entre su gente, y esto incluye gobernadores, diputados, senadores y ahora hasta una Secretaria de Estado. Entonces, qué hará para que la segunda mitad de su gobierno no vaya a ocasionar un desastre. Perder la mayoría en la Cámara de Diputados sí que vendría a complicarle la vida a Sheinbaum ya que se frenarían muchos de sus programas, cambiarían los manejos que hoy controla y quizá se pondría en juego la suerte del siguiente sexenio. Así de grave sería la situación.
Quizá esto obligue a replanteamientos bastante amplios en los que se incluyen las gubernaturas que van a someterse en este proceso y que son la mitad del país, así como innumerables alcaldías en todo el país, diputaciones locales, etcétera.
La presidenta se muestra y quiere hacer sentir que su movimiento está unido cuando ya hemos visto las divisiones, cambios de partido y actitudes cínicas de no pocos que siguen creyendo que todo está bajo control y que no habrá mayor sobresalto mientras se mantenga el corporativismo que han construido muy al estilo del PRI. Y de las dádivas que se otorgan a diestra y siniestra como parte del clientelismo electoral.
No se creía pero todo indica que no será ningún paseo la elección del año que viene para la presidenta y para su partido. Esta vez puede ser diferente y lo sabe perfectamente. Las curvas de la democracia deben entenderse y no suplirlas con el mero discurso de la presidenta, por optimista que sea.