El gobierno de la 4T ya declaró la guerra. Sí, pero no contra la delincuencia organizada ni contra el hambre ni contra los problemas de abasto de agua, ni nada de eso. Le declaró abiertamente la guerra a la libertad de expresión. Ante el acoso hacia los medios que inició su predecesor Andrés Manuel López Obrador, la presidenta Sheinbaum no dio marcha atrás sino, al contrario, parece más bien encaminada a seguir en ese propósito aunque para ello haga paso redoblado pisoteando la Constitución y arrasando con lo principios que le dieron vida en esa materia. Y como corroboración de quién está detrás de semejante intención pues ahí está nada menos que Luisa María Alcalde, toda una experta en eso de buscar la consolidación de un gobierno partidista. Claro, todo ello investido de ropajes en los que descaradamente descarta “la censura” con todo a que cualquiera puede ver que lo que se busca es llegar a un sueño dorado: acabar con cualquier expresión adversa a su movimiento.
El régimen actual a probado ser alérgico a las verdades incómodas. Suelen reaccionar incluso de manera violenta. López Obrador, haciendo uso de todo su poder y de la tribuna oficial, no cejó en sus señalamientos contra sus principales críticos, como lo hizo cientos de veces contra algunos periodistas detractores y, también, directamente contra algunos medios en específico. Por mera “coincidencia”, periodistas y comentaristas fueron siendo separados ante las distintas presiones que recibían y la tirria contra algunos se tradujo en impedirles participación en las conferencias mañaneras, infestadas hasta la fecha de aplaudidores y pseudoperiodistas afines y hasta lacayescos con el régimen.
Nada peor que los señalamientos de errores o fallas del gobierno, ya no digamos las acusaciones directas a miembros destacados de su partido, gobernadores, altos funcionarios y hasta algunos militares que antes gozaban de mayor prestigio. De esta forma, se fueron buscando los mecanismos y fórmulas para frenar las opiniones en contra, la revelación de errores y hasta delitos de distinta gravedad, etcétera. ¿Cómo paramos entonces esa ola de manifestaciones periodísticas adversas? seguramente se preguntaron, y ándale que sí encontraron los antiguos resquicios que hoy son útiles para disfrazar su animadversión a la prensa no acomodaticia ni subyugada. En la materia de radio y televisión, la tarea siempre se ha iniciado mediante un control en el que, de origen, existe una espada de Damocles consistente en que se trata de “concesiones”. Creando una especie de defensa de las “audiencias” (figura que no se da en naciones verdaderamente democráticas), todo es cosa de hacer lo que desde el gobierno hacen muy bien: cooptar grupos bajo selección preelaborada, y listo. A cortar e impedir todo lo que desfavorezca al mando.
Dicen que esto, de momento, no incluye a la prensa escrita ni a las redes. Bien por ahora pero dése por seguro que nada garantiza que no se intente en el futuro. Así que no hay espacio para optimismos en cuanto a que no habrá censura. Más claras no pueden ser las cosas. Ya este “experimento” se ha puesto en marcha por cuanto dictador o aprendiz de dictador ha surgido en el mundo. Recuérdese también cómo López Obrador encasilló a sus “obras insignia” con un blindaje para conocer su inversión y detalles de obra bajo el criterio de que era “por seguridad nacional”.
Ya en resumen, esto era lo que le faltaba a la 4T para terminar haciendo lo que le venga en gana. Su desprecio contra los auténticos comunicadores es descomunal y se hace evidente todos los días. Para este régimen, en su conjunto, no cabe sino la verdad a modo de sus deseos. Y luego quién defenderá a los mexicanos de sus mentiras, falsedades y errores. Si esto no es el principio de una autarquía, no sé qué pudiera serlo..