Hablar del deporte mexicano es hablar de un sistema amplio en el que participan instituciones públicas y privadas, asociaciones, autoridades, atletas, entrenadores y comunidades. Cada actor tiene responsabilidades distintas, pero todos deberían compartir un propósito: lograr que la cultura física y el deporte lleguen a más personas y contribuyan al desarrollo del país.
En el ámbito federal, la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte (Conade) coordina la política nacional. En las entidades, los institutos del deporte ejecutan programas de activación física, deporte social y competencia. También participan los comités Olímpico y Paralímpico, el deporte estudiantil y las asociaciones deportivas nacionales.
La Ley General de Cultura Física y Deporte contempla al Sistema Nacional de Cultura Física y Deporte (Sinade) como el espacio para coordinar, dar seguimiento y evaluar las acciones de la política deportiva. Su valor radica en reunir a instituciones públicas, sociales y privadas. Sin embargo, transformar esa estructura en acuerdos y resultados sigue siendo uno de nuestros mayores desafíos.
Las diferencias de visión, los intereses particulares, la falta de continuidad y la dispersión de esfuerzos pueden frenar decisiones que exigen trabajo conjunto. No basta con que cada institución cumpla de manera aislada. Necesitamos prioridades nacionales, responsabilidades claras y una estrategia que trascienda los cambios administrativos. Coordinar no significa pensar igual, sino convertir nuestras diferencias en soluciones y evitar que se vuelvan obstáculos.
Desde mi responsabilidad al frente del deporte en Nuevo León he procurado sumar a quienes desean hacer las cosas bien, con profesionalismo, justicia y equidad; aprender de experiencias exitosas y apoyar a quienes buscan orientación. Ninguna institución posee todas las respuestas. Debemos escuchar, colaborar y compartir las prácticas que han dado resultados. Sólo así podremos fortalecer al sistema y ofrecer mejores oportunidades.
Las medallas son importantes: representan el esfuerzo de atletas, entrenadores, familias e instituciones. Pero un sistema sólido debe producir algo más: comunidades activas, salud, inclusión, formación y oportunidades para niñas, niños y jóvenes. El éxito no se mide únicamente en el podio, sino también en nuestra capacidad para organizarnos alrededor de un propósito común. El reto es grande, pero también lo es la posibilidad de transformar el deporte cuando todos remamos en la misma dirección.