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Jueves , 21.02.2019 / 18:15 Hoy

Bambi vs. Godzilla

"Green Book": El racismo casual

Maximiliano Torres

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La inclusión es el común denominador de las películas más reconocidas del 2018. Cintas como Si la Colonia hablara, El infiltrado del KKKlan, Pantera Negra y Roma fueron hechas por talento perteneciente a minorías étnicas. Hablan de raza, identidad y discriminación. En esta época de diversidad en las miradas cinematográficas, el gremio del cine espera —y esto no lo digo yo, es un sentir expresado entre voces de Hollywood— que el hombre blanco privilegiado, que durante décadas concentró el poder en la industria fílmica, tenga la humildad de quedarse callado y conocer el punto de vista de los marginados que ahora tienen visibilidad en la pantalla. Peter Farrelly hizo caso omiso de este acuerdo cultural con una película que expone la visión de un hombre blanco sobre la problemática del racismo. Está en su derecho, aunque su aportación no resulta pertinente.

En Green Book: Una amistad sin fronteras, Farrelly cuenta la historia verídica de Frank Tony Lip Vallelonga (Viggo Mortensen); italoamericano de clase media que en la década de los sesenta trabajaba como cadenero en la puerta del legendario club nocturno Copacabana. Al quedarse sin trabajo, Frank acepta la oferta de ser chofer del célebre pianista afroamericano Don Shirley (Mahershala Ali) durante una gira de dos meses por algunas de las regiones más racistas de Estados Unidos. Guiándose con The Negro Motorist Green Book, la publicación que contenía los pocos lugares de alojamiento y comida que no discriminaban a los afroamericanos, Frank cuidará la espalda de Don en este recorrido por la América profunda en la que, en ese entonces, el rechazo a la población negra era abierto y legal, viéndose obligado también a actualizar su visión del mundo.

La falta de contexto define a esta comedia dramática como un trabajo poco comprometido con la causa que supuestamente exalta: el entendimiento interracial. El guión no muestra, ni sugiere que las condiciones en que se dio este viaje son en sí un comentario sobre el racismo imperante en aquella época. Muchos afroamericanos se vieron en la necesidad de adquirir un automóvil para evitar la segregación en el transporte público. De ahí que el trayecto de Don y Frank fue en auto y por carretera (la segregación también existía en los aeropuertos). Siendo ésta una comedia, quizá su director y guionistas pensaron que el humor se esfumaría al incluir verdades históricas tan crueles. Pese a esa narrativa débil, hay aciertos. Green Book muestra el racismo casual: el que no profesa la superioridad étnica, ni comete actos deliberados de discriminación, sin embargo, tiene prejuicios que parecen inofensivos; como asumir que todos los afroamericanos de mediados del siglo pasado preferían escuchar jazz y comer pollo frito. Su protagonista es la encarnación de esa mentalidad. Conforme el personaje de Mortensen va adquiriendo conciencia social, se agradece que el guión no le asigne una escena de conversión con diálogos aleccionadores; su transformación es creíble. El caso de Mahershala Ali es curioso: ciertamente su papel está limitado y existe para ayudar a un hombre blanco a superar sus problemas. A la vez, el sofisticado Don Shirley contrasta con lo que el actor ha hecho antes; le permite ampliar su rango interpretativo. Si la dirección de Farrelly se aproximara a esta dupla sin el miedo de ofender, sin el afán de llevar la fiesta en paz, no sería un problema que la historia pusiera el desarrollo humano del personaje blanco por encima del de su redentor negro. Como mucho, Green Book refleja la autocensura a la que alguna vez todos nos sometemos ante tanta corrección política en la opinión pública.

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