No se trata de un perdón sobre los saldos de la realidad mexicana, sino el usufructo y promoción de la banalidad. En buena medida, gracias al monopolio de los símbolos Palacio Nacional se hizo del privilegio de fuero sobre las desatenciones, gratuidades y reclamos adversos, su retórica. Una exención al criterio que rige la verdad.
El peso que un país le da a los símbolos proviene de la ética o de su ausencia. Los símbolos mal empleados desde el poder se transforman en el instrumento reduccionista de la política para eludir las consecuencias de sus acciones.
El enamoramiento por los símbolos vacíos proviene de ese fervor por el instante que permite frases bobas: cambien las armas por libros, reza la cursilería y el sinsentido. En el abuso, todo puede convertirse en caricatura. Se ha caricaturizado al neoliberalismo como a la dignidad y a la justicia. También se ha caricaturizado a la corrupción; antes que su combate, el símbolo de este gobierno es afirmar corruptos a manera de colofón. Académicos, intelectuales, periodistas, etcétera.
En virtud de sus símbolos el gobierno mexicano disocia cualquier efecto. Nosotros permitimos la vergüenza y adaptamos a ella. Eliminamos la relación entre la política migratoria de este país, con la tragedia de los migrantes muertos tras la volcadura de un camión en Chiapas. Eliminamos los efectos de la frivolidad y los vituperios matutinos en lo irrespirable de nuestro ambiente político.
Disociando la relación de consecuencias que tiene toda acción política, la anulación de la consciencia sobre los efectos desaparece nociones de responsabilidad. Se ha hecho a la Guardia Nacional el símbolo de una mala cruzada, entonces se ofrece impoluta como también se oferta a un ejército indisociable de nuestro delirio violento.
Es ocioso debatir si para el gobierno mexicano hay más símbolos que los suyos. Ese es su gran triunfo: un fracaso en términos de civilidad y no existe país decente sin ella. La réplica de fosas instaladas al frente de Palacio por colectivos de Guanajuato, calca de una de las realidades más detestables en México, no fueron símbolo suficiente para darles atención. No la del Presidente, tampoco en el espejismo de la politización.
Maruan Soto Antaki
@_Maruan