La relación entre México y Estados Unidos atraviesa uno de esos momentos en los que cada declaración, decisión y gesto diplomático adquieren una dimensión mayor, incluso riesgosa. Somos vecinos, socios comerciales y dos países profundamente vinculados por la migración, pero también somos naciones soberanas con intereses propios.
Claudia Sheinbaum ha insistido en una fórmula que adquiere especial relevancia frente a las presiones actuales: diálogo, cooperación y respeto a la soberanía. México no busca una confrontación con Washington, pero tampoco acepta que la cooperación pueda convertirse en subordinación.
En materia migratoria, esa soberanía tiene rostro humano. México no puede limitarse a recibir cifras de deportaciones. Tiene que defender a sus connacionales cuando son detenidos y, particularmente, cuando existen denuncias de abusos o muertes bajo custodia de autoridades estadounidenses. La Cancillería documentó 17 mexicanos fallecidos en circunstancias relacionadas con ICE y presentó 20 denuncias ante fiscalías estatales y de condado.
En torno a la irrenunciable soberanía, es obligado mirar desde dentro; la reciente reforma constitucional que establece como causal de nulidad electoral los actos de intervención o injerencia extranjera que influyan en los resultados responde a un contexto internacional en el que las fronteras políticas ya no son las únicas que deben protegerse.
Aquí debo hacer una precisión personal. Por mi propia perspectiva, profundamente vinculada con la diáspora mexicana, no estoy totalmente de acuerdo con la exclusión de los mexicanos binacionales de determinados espacios de representación. Su experiencia, su identidad y su ángulo de visión están intrínsecamente tatuados por la realidad de millones de mexicanos que viven entre dos países, pero reconocer esa realidad no significa ignorar los riesgos del momento.
Precisamente por el actual y próximo contexto político internacional, considero vital cerrar flancos que eventualmente puedan ser utilizados desde el exterior para debilitar nuestra soberanía. Una cosa es reconocer y proteger a la diáspora mexicana; otra, muy distinta, es permitir que una potencia extranjera pueda encontrar espacios de influencia sobre las decisiones fundamentales de nuestro país.
El desafío está en encontrar ese equilibrio. México debe defender a sus ciudadanos en Estados Unidos, proteger sus derechos, fortalecer sus consulados y mantener abierta la puerta para quienes viven fuera. Pero también debe garantizar que las decisiones políticas de México correspondan exclusivamente a los mexicanos.
De cara a 2030, la discusión será todavía más importante. La propia presidenta ha advertido sobre el riesgo de injerencia extranjera en los procesos electorales.
La soberanía no se defiende cerrando a México al mundo. La soberanía se defiende estableciendo límites claros, haciendo cumplir las leyes y manteniendo relaciones internacionales basadas en respeto y reciprocidad.
Importante es enfatizar que defender a la diáspora y defender la soberanía no tienen por qué ser caminos opuestos. El reto es garantizar ambas cosas sin que una se convierta en puerta de entrada para la intromisión de otra nación.
México puede cooperar con Estados Unidos sin subordinarse, defender a sus migrantes sin renunciar a su soberanía y mirar al mundo sin permitir que nadie decida por nosotros. La soberanía también se defiende desde casa.