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Catarata

Sacia la guerra sucia

Luis Petersen Farah

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Lo que viene en estos días y hasta fines de junio es un mes de lo que conocemos como “guerra sucia”. No solo en la elección presidencial, donde ya se ha desatado, sino en las elecciones legislativas federales, en las del Congreso del Estado o en las municipales.

Eso es lo que, con realismo, se puede esperar, aunque los votantes estemos rodeados hasta la saciedad de la suciedad de estas “guerras”: mensajes en redes, descubrimientos personales, caricaturizaciones multiplicadas en cada distrito y en cada alcaldía. Un promedio de cuatro planillas para cada uno de los 51 municipios hacen un buen número de políticos en pleito.

Una guerra sucia generalizada entre candidatos resulta contraproducente porque es circular. Todos dicen tanto de todos y con tal certeza que los votantes acabamos, sí, creyéndoles a todos. Es decir, no creyendo en ninguno.

Nadie gana. Si ahora vivimos una desconfianza tal en los políticos es, en buena medida, porque ellos mismos se la pasan hablando mal de sus contrincantes y balconeando indiscriminadamente las mañas que resultan ser comunes.

Es como si los médicos, con tal de ganar pacientes, hablaran mal de ellos entre todos. Acabaríamos no creyendo en ninguno, ni en la medicina misma. Todos le tenemos más confianza al doctor que se niega, con elegancia, con discreción y cierta risa, a hablar mal de sus colegas.

¿Tiene posibilidades algún candidato de salir adelante en medio de la guerra sucia? Creo que sí. Negándose abierta y consistentemente a entrar en el juego. Haciendo de la contienda limpia un motivo de campaña, tomando una distancia humorística frente a todo lo que se dice de ellos y ejerciendo su derecho a la risa. El sentido del humor es eso: un paso atrás que permite desengancharse de la necedad, que permite ver (y disfrutar) el ridículo que hacen dos automovilistas furibundos compitiendo por un carril para volverse a topar cien metros después. Y reírse de ellos.

¡Cómo falta sentido del humor en la política! Desde ese punto de vista, el segundo debate presidencial fue espléndido.

luis.petersen@milenio.com

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