Es un buen propósito pasar el año con sentido del humor, creo. Ése es mi deseo para mi país en este 2020. Más, ahora que parte de la población estamos afectados por un cierto “espíritu de seriedad”.
No sé qué pensaría de todo esto Jorge Portilla, en el improbable caso de que hubiera vivido hasta hoy, pues tendría 101 años cumplidos. De hecho murió en 1963, así que su afán por comprender el país no supo de crisis económicas, ni devaluaciones, ni, por supuesto, de neoliberalismo. Sin embargo, entendió más que cualquiera porque entró a un nivel de análisis donde las cosas, si cambian, lo hacen muy lentamente.
La fenomenología del relajo es un ensayo breve que se presta a ser releído. Cada vez le encuentro lecciones jugosas. Lo publicó el Fondo de Cultura Económica en 1966 junto con otros ensayos editados por Víctor Flores Olea, Alejandro Rossi y Luis Villoro. “Cumple, sin duda, el fin que Portilla quiso darle: volver un poco más racional este nuestro mundo”, dijeron ellos. Hoy es difícil hallarlo en librerías, pero siempre hay un pdf disponible en internet.
Aunque a algunos les dé risa, mi deseo es que lo lean y lo digo en serio. Para Portilla, hurgar en la experiencia del relajo y ponerla frente a la del humor, la ironía y las formas de la seriedad fue una manera de comprender lo que éramos y seguimos siendo como sociedad.
Portilla no tiene nada contra la seriedad. Pero sí que está contra lo que “se conoce, sobre todo en la literatura francesa reciente, como ‘espíritu de seriedad’...” propio, según escribió, de los que en México se conocieron como los apretados: “...es una pura gesticulación, una exteriorización exagerada que tiende más a mostrar la propia excelencia y a subrayar la propia importancia” que a realizar un valor.
La seriedad es otra cosa, insiste. “La seriedad es el compromiso íntimo y profundo que pacto conmigo mismo para sostener un valor en la existencia... hipoteco mi comportamiento futuro acordándolo de antemano a esa exigencia: tomo en serio el valor”.
Portilla tampoco tiene nada que reprochar al humor ni a la ironía, al contrario. Ambas son necesarias... Sin embargo, sí que es crítico de lo que hemos conocido como relajo, ¡no eso mismo!
Escribe: “El relajo suspende la seriedad, es decir, cancela la respuesta normal al valor, desligándose del compromiso de su realización”. El relajo es “un comportamiento que desplaza la atención” y busca crear “un ámbito común de desapego frente al valor”. El relajo es valemadrismo que busca un escape: solo obstruye y como tal nos mete en un callejón sin salida.
Mi deseo para este año es de humor, no de relajo. “El humorista sabe perfectamente que la vida es algo esencialmente difícil y doloroso. Su gesto de liberación no implica desprecio o burla”, dice Portilla. Y no es un cínico: “Sabe simplemente que la cosa es demasiado grave para hacer aspavientos”.
El humor implica dar un paso atrás ante la imperfección necesaria de la vida: hacerla patente para que ni insistamos en la perfección imposible, ni nos larguemos de ella como en el relajo.
Reírnos un poco de la situación y de nosotros mismos ayuda a tomar distancia para movernos del atasco y dar un paso aunque, sabemos, nunca será suficiente.
luis.petersen@milenio.com