Política

Después de 40 años de rosa, ¿cuántas vidas estamos salvando?

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Cada octubre ocurre algo extraordinario. Monumentos, hospitales, empresas, equipos deportivos y redes sociales se pintan de rosa. Pocas campañas de salud pública han conseguido que un color y un pequeño listón sean reconocidos prácticamente en cualquier lugar del mundo. El mes de concientización sobre el cáncer de mama nació en 1985 como una campaña de una semana para educar sobre la detección temprana y promover la mastografía. Cuatro décadas después, el rosa se ha convertido en uno de los símbolos sanitarios más reconocibles del planeta.

El logro merece reconocerse. El cáncer de mama dejó de ser una enfermedad de la que se hablaba en voz baja. Millones de mujeres aprendieron a reconocer señales de alarma, pacientes y sobrevivientes encontraron una voz pública y la investigación recibió una visibilidad difícil de imaginar hace cuarenta años. En países de altos ingresos, además, la mortalidad por cáncer de mama ha disminuido de manera importante, como resultado de una combinación de diagnóstico más temprano y tratamientos cada vez más efectivos.

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Pero precisamente porque la campaña ha sido tan exitosa, quizá ha llegado el momento de formular una pregunta diferente. Después de cuarenta años de pintar octubre de rosa, ¿cómo deberíamos medir su éxito? ¿Por el número de edificios iluminados, carreras organizadas y listones distribuidos? ¿O por el número de mujeres que son diagnosticadas a tiempo, reciben tratamiento oportuno y sobreviven?

La diferencia no es menor. Una mujer puede conocer perfectamente la importancia de detectar tempranamente el cáncer de mama y, aun así, enfrentar semanas o meses entre la primera sospecha, el estudio de imagen, la biopsia, el resultado de patología, la consulta con el especialista y el inicio del tratamiento. La conciencia es indispensable, pero no sustituye a un sistema de salud capaz de responder.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha propuesto una forma mucho más concreta de evaluar esa respuesta. Su iniciativa mundial contra el cáncer de mama plantea tres objetivos que pueden resumirse en una fórmula sencilla: 60-60-80. Al menos 60 por ciento de los cánceres invasivos deberían diagnosticarse en etapas I o II; la evaluación diagnóstica, incluidos imagen, toma de tejido y patología, debería completarse dentro de los 60 días posteriores a la primera presentación; y al menos 80 por ciento de las pacientes que lo requieran deberían completar el tratamiento multimodal indicado sin abandono.

Quizá octubre necesita menos indicadores de color y más indicadores de resultados: 60 por ciento, 60 días y 80 por ciento.

Por eso el mes rosa puede entrar ahora a una segunda etapa. La primera generación consiguió algo extraordinario: concientización. La siguiente debería proponerse algo todavía más ambicioso: resultados medibles.

Las universidades también tenemos una responsabilidad en esta segunda etapa del mes rosa. México no parte de cero: contamos con investigaciones que permiten identificar dónde se encuentran algunas de las principales brechas. Un estudio realizado con 886 mujeres referidas por sospecha de cáncer de mama a cuatro grandes hospitales públicos de la Ciudad de México encontró que la mediana entre la identificación del problema y el inicio del tratamiento era de siete meses. Lo más revelador fue que la mayor demora no dependía de que las mujeres tardaran en buscar ayuda: el intervalo más prolongado, con una mediana de cuatro meses, ocurría entre la primera consulta médica y la confirmación del diagnóstico.

Las consecuencias de esos retrasos también podían observarse en el momento del diagnóstico. En ese mismo estudio, solamente 13.7 por ciento de las pacientes con cáncer se encontraba en etapas 0-I y 35.8 por ciento en etapa II, mientras 43.8 por ciento ya estaba en etapas III o IV. Casi nueve de cada diez mujeres que finalmente recibieron tratamiento habían experimentado un intervalo total superior a tres meses.

Más que un problema exclusivo de concientización, los datos muestran la existencia de obstáculos dentro de la propia trayectoria de atención.

Estos estudios corresponden a poblaciones, instituciones y periodos diferentes y, por ello, no deben interpretarse como una fotografía nacional actual. Pero precisamente ahí aparece una oportunidad. México ha generado evidencia suficiente para saber que existen retrasos, desigualdades y diagnósticos tardíos; lo que necesitamos ahora es transformar esa información dispersa en indicadores nacionales, continuos y comparables. Saber cada año qué porcentaje de mujeres llega en etapas tempranas, cuánto tardamos en confirmar un diagnóstico e iniciar tratamiento, cuántas completan su terapia y cuál es su supervivencia.

Ahí las universidades pueden desempeñar un papel diferente. No basta con saber cuántas mastografías realizamos; necesitamos saber qué ocurrió con cada mujer después de esa mastografía.

La primera generación del mes rosa consiguió que habláramos de cáncer de mama. La segunda debería permitirnos medir qué sucede después de que una mujer levanta la mano y pide ayuda. Las universidades no deberíamos limitarnos a participar en el mes rosa; podemos ayudar a convertirlo de una campaña de concientización en una estrategia basada en resultados.

El listón rosa no ha perdido su valor. Al contrario: después de cuarenta años tiene suficiente fuerza social para impulsar la siguiente transformación. El desafío no es solamente conseguir que más mujeres sepan que el cáncer de mama existe. Es garantizar qué ocurre cuando una de ellas encuentra algo sospechoso.

Después de cuatro décadas, no es suficiente saber cuántas personas portamos un listón rosa, sino cuántas mujeres son detectadas a tiempo, reciben el tratamiento que necesitan y continúan con vida. Ese debería ser el verdadero indicador del éxito. 



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Luis A. Herrera Montalvo
  • Luis A. Herrera Montalvo
  • Decano Nacional de la Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud del Tecnológico de Monterrey.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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