Parece ficción, pero es posible
Hace algunos años le pregunté a Keith Raniere, el llamado, en su época, "hombre más inteligente del mundo", con base en la prueba IQ, ¿cuáles eran los problemas del mundo actual? Él me contestó de inmediato: "Desarrollo científico y tecnológico acelerado sin marco ético de comportamiento", lo que vino a mi mente leyendo el New York Times junto con el maestro Rodrigo Soto, en el que se publicó recientemente la posibilidad de un genoma artificial.
Resulta que la clonación, que ya ha sido practicada en animales, puede lograrse, en teoría, en los seres humanos, pero no copiando a sus ancestros con el DNA correspondiente sino maniobrando con químicos los genes para alterarlos y hacerlos a la medida y de acuerdo a la función que estos debieran desempeñar.
Esto parece ciencia ficción y, para muchos, imposible de hacerlo realidad, pero resulta que el estudio viene de la mejor universidad del mundo: Harvard, y menciona que un grupo de investigadores están listos para iniciar la manipulación genética, que ha sido muy útil en la ganadería y agricultura, pero que existen muchos problemas éticos para llevarla a cabo en el ser humano.
Aunque parezca increíble, esos científicos quieren empezar a jugar a desempeñar el papel de Dios, escribiendo sobre el código genético y alterándolo de acuerdo a sus objetivos y visión futura de la necesidad de un tipo especial de seres humanos que sirvan como patrón reproducible.
Todo lo anterior choca con el concepto bíblico de que Dios creó el universo y creó al hombre, pero se apoya en la teoría de la evolución, en la que la alteración gradual de la genética de los seres prehistóricos fue produciendo los individuos que ahora habitamos en este planeta y que decimos con orgullo que somos el animal más inteligente.
Esta temática, obviamente, despertará una gran polémica y tendrá que ser cuidadosamente analizada, pensando no sólo en la biología, sino, primordialmente, en la bioética de los seres humanos que no pueden desarrollar la ciencia de la vida para manipular el futuro de un ser que, por naturaleza, nace libre y con derechos humanos imprescriptibles y que además tiene espíritu, no sólo materia.
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