Ciertamente sé, que iniciar estas líneas con el título que las precede, no es la mejor estrategia para atraer la atención del eventual lector cuyos ojos tropiecen con estas grafías, pues me es bien sabido, por un lado, la frecuente y distorsionada idea que se tiene del tema filosófico, y por otro, la tan común tendencia a evitar los temas que obligan a pensar sea por pereza mental o por la comodidad de adoptar las ideas de otros: “para no complicarnos la vida”.
Tal vez de esta distorsión del término y concepto, sean en parte culpables los autores de las sesudas teorías y corrientes filosóficas que han surgido a lo largo de la historia, cada cual con su propio intento de explicar con su muy particular narrativa: el mundo, la vida y nuestros afanes y quehaceres.
Hay en el ser humano, el impulso irrefrenable de conocer y explicarse la razón de su existencia con sus dichas, sus penas y sus claroscuros, lo que de llegar a comprenderse, permite conseguir un gran premio: la ecuanimidad del alma, la paz interior o la tranquilidad emocional (como quiera que sea que le llamen) y en alguna medida, sustraerse a la esclavitud del victimismo y el sufrimiento, a las que somos también tan proclives y vulnerables los humanos.
Sirvan pues las anteriores líneas reivindicatorias de los filósofos clásicos, como licencia para mencionar aquí la gran triada de valores a la que aludía Platón:
El Bien, La Belleza y La Verdad. Conceptos axiológicos fundantes de la filosofía occidental, que hoy a la luz de los adelantos de la neurociencia, de ser re-entendidos y eficientemente tropicalizados, se revelan como una invaluable “tabla de salvación”, para una comunidad humana que naufraga en las aguas profundas del vacío existencial, la falta de sentido, la adicción al poder, la gratificación inmediata y la ambición desmedida por un enajenante “culto al becerro de oro”.
La incomodidad mental que sentimos cuando hacemos algo que va en contra de lo que en el fondo pensamos y creemos, (nuestros valores), se llama “disonancia cognitiva” y tiene consecuencias más intensas de las que nos imaginamos.