Nacer, crecer, reproducirse y morir, es el llamado ciclo vital de todos los seres vivos sobre la tierra y hasta donde podemos entender, también de otras formas de existencia en el universo, como las estrellas que, según los más flamantes descubrimientos astrofísicos, aunque su “longevidad” resulta inimaginable para la mente humana, igual están destinadas a “apagarse y morir” algún día.
Así pues, pese a lo incontrovertible que pueda ser esta ley física, en mayor o menor medida la experiencia humana de vivir siempre está impregnada de la resistencia a perder la vida, sea esto por el natural instinto de supervivencia o por el muy explicable temor a lo desconocido, factor éste último, explotado no pocas veces por variopintas religiones en pro de acrecentar el número de sus adeptos por la vía del sentido del miedo y de la culpa, dada nuestra ineludible condición humana de “pecadores” irredentos.
Decía el escritor y filósofo pesimista francés Emil Cioran que, en ciertos momentos de la vida, nos parece estar en una habitación a la que no sabemos cómo llegamos, ni sabemos cómo salir de ella.
Tal vez sea por eso que los seres humanos nos hemos inventado todo un compendio mitológico de historias y mitos que explican y medio solucionan nuestras dudas y temores existenciales.
Entre los muchos mitos que abordan el temor a la pérdida de la vida o del ser amado, está el de Eos y Titono, cuando una diosa inmortal llamada Eos que representaba la aurora, al haberse enamorado de Titono, un hermoso príncipe de estampa magnífica pero mortal, pidió que se le concediera a su amado el don de la inmortalidad, para no tener que vivir ella la pena de perderlo.
Los dioses le concedieron su deseo, pero al haber olvidado pedir también el don de la eterna juventud, al paso del tiempo Titono envejeció hasta convertirse en un despojo de si mismo, con lo que Eos decidió encerrarlo en un cuarto para no verlo.
Trágico mito griego que nos ofrece una lección del ciclo vital al que todos estamos sujetos, en estos tiempos en los que empezamos a querer ser eternos, a través del “milagro” de la tecnología.