Política

Liderar desde el diálogo

Muchas de las crisis actuales nacen de una creciente desconexión entre las personas y los sistemas que integran. Esta brecha genera tensiones, profundiza desigualdades y limita nuestra capacidad para responder a desafíos cada vez más complejos.

En una sociedad polarizada, el reto no es solo ser escuchados, sino construir puntos de encuentro. Como señala el politólogo Mark Lilla, es necesario lograr que las personas se centren en un conjunto de principios y un proyecto común que esté más allá de sus diferencias. En este contexto, el diálogo deja de ser un acto de cortesía y se convierte en una competencia de liderazgo indispensable; un tema que debería preocupar y ocupar a quienes ejercen posiciones de mando, cuyo rol exige ser redefinido en función de las habilidades críticas que hoy demanda la globalidad.

Liderar desde el diálogo va mucho más allá de promover conversaciones. Significa crear las condiciones para que personas con experiencias e intereses distintos construyan comprensión, confianza y soluciones compartidas. Dialogar implica comprender emociones, reconocer contextos históricos o culturales y generar significados comunes. Es pasar del yo al nosotros, reconociendo las diferencias sin convertirlas en barreras. Para ello se requiere de apertura, empatía y una auténtica disposición para escuchar; una práctica que diversos pensadores han abordado desde ángulos complementarios.

Desde la perspectiva sistémica, Otto Scharmer sostiene que este ejercicio debe ser cotidiano, invitando a observar la realidad sin prejuicios para conectar con posibilidades emergentes. Para el creador de la Teoría U, la transformación comienza cuando la escucha deja de ser reactiva y se vuelve generativa, capaz de abrir nuevos caminos. A esta visión, David Cooperrider añade el valor de la indagación apreciativa: en lugar de centrar la conversación en los problemas, propone enfocarla en las fortalezas y los logros compartidos. En entornos de alta polarización, este enfoque permite vislumbrar futuros posibles sin quedar atrapados en el conflicto.

Sin embargo, ninguna de estas metodologías es viable sin la dimensión ética que aportó Martin Buber, al recordarnos que el diálogo exige reconocer al otro en su plena dignidad. Su distinción entre las relaciones Yo-Tú y Yo-Ello explica por qué tantas crisis institucionales estallan cuando los ciudadanos, colaboradores o comunidades dejan de ser interlocutores legítimos y se transforman en recursos de un sistema.

Si aspiramos a organizaciones más humanas, necesitamos líderes capaces de crear entornos de seguridad psicológica, donde las personas puedan expresar desacuerdos, reconocer errores y sostener conversaciones difíciles o incómodas con apertura y vulnerabilidad. Sólo así el diálogo se transforma en un verdadero motor de cambio.

Al final, la evolución no comienza en las estructuras, sino en las personas. Como afirma Adam Kahane: no tenemos que estar de acuerdo para poder avanzar juntos. Liderar desde el diálogo no significa evitar el conflicto, sino desarrollar una competencia transformadora capaz de convertir las diferencias en aprendizaje e innovación. Junto con la interculturalidad y la tecnología, el diálogo transformador es hoy una de las habilidades críticas para el desempeño global y un compromiso firme con el futuro.


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Leticia Treviño
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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