Por azares del destino me tocó estar en el Estadio Azteca en 1970, niño aún, para un partido del Mundial: Uruguay contra la entonces Unión Soviética. Dieciséis años después, ya joven, estuve en CU en 1986, para ver Francia contra Italia. Dos Copas del Mundo, dos momentos que quedaron tatuados para siempre. Ir a un Mundial no era solo ver futbol: era vivir historia.
Por eso no me cuesta imaginar la emoción de miles que hoy sueñan con ver un partido del Mundial en Guadalajara. La ciudad no es ajena a esa historia. Guadalajara fue sede en 1970 y 1986, y no de manera marginal.
En 1970 se jugaron ocho partidos en el Estadio Jalisco; cinco de ellos con Brasil, la selección que terminaría campeona del mundo invicta, con Pelé como figura eterna.
En 1986, Guadalajara albergó nueve partidos: seis en el Estadio Jalisco y tres en el Tres de Marzo. Aquí vimos a potencias mundiales, partidos decisivos, historia pura.
En total, 17 partidos mundialistas en dos Copas del Mundo. Fase de grupos, cuartos, semifinales. Guadalajara fue protagonista.
No vivía aquí en aquellos años. No puedo decir cómo estaba la infraestructura, el transporte o la logística urbana. Pero sí puedo decir algo del presente, porque aquí me tocará vivir el Mundial de 2026. Y lo que veo es, sin exagerar, de pena ajena.
Una ciudad que presume modernidad pero no puede garantizar que funcionen escaleras eléctricas o elevadores en su transporte público. Donde usar el tren ligero es, muchas veces, un acto de fe. Donde anunciar remodelaciones en lugares emblemáticos como La Minerva o Plaza Liberación termina en obras tardías, carísimas y sin alma. Mucho discurso, poco resultado.
Da pena la infraestructura. Da pena la improvisación. Da pena que se use el Mundial como pretexto para tapar fugas de aguas negras, ecocidios y ocurrencias. Y da más pena que la violencia —esa que ya normalizamos— sea parte del paisaje.
Sí, por primera vez jugará aquí la Selección Mexicana. Será un evento importante, bonito, histórico. Inolvidable para muchos.
Pero también es inevitable decirlo: es una vergüenza que nuestra casa, que alguna vez recibió 17 partidos mundialistas, hoy no esté lista solo para cuatro.
La memoria no solo sirve para recordar glorias, también para exhibir lo que no hicimos.