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Martes , 23.04.2019 / 16:07 Hoy

Malos modos

Oliver Sacks, o como despedirse con gracia

Julio Patán

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Dudo en escribir sobre Oliver Sacks. Por supuesto, mi escepticismo no se debe a sus virtudes, muchas, sino a mis carencias. Como la mayor parte de los mexicanos, soy un mal lector de eso que llaman “divulgación”, un término que, me parece, le va bien a su obra. A fin de cuentas, logró que una disciplina de gueto, la neurología, consiguiera no pocos lectores, fascinados —con justicia— por esa galería infinita de personajes rarísimos, castigados por males inverosímiles, condenados a formas terribles y a su modo magníficas de interacción con el mundo; personajes excepcionales, pues, para usar un término que seguramente él hubiera aprobado.

Lo que me anima a escribir es el hecho de que Sacks fue algo más que un divulgador. Hay que tener cuidado en usar a manera de elogio lo de “Sus libros son increíbles, se leen como si fueran novelas”, según sabe cualquiera que haya sido, digamos, jurado de un premio para jóvenes creadores. Pero es cierto que sus obras, cargadas de referencias librescas ajenas a toda petulancia, son notables piezas narrativas: tienen ritmo, atienden al detalle con maestría y ofrecen un humor paradójico, negro pero bonachón, que Sacks no dudaba en autoinfligirse. “Novelas neurológicas”, las llamaba, me da la impresión, con algo de ese humor.

Sobre todo, Sacks merodeó la Filosofía, como tantos científicos. No me refiero a la Filosofía en su sentido académico, que en general implica una serie de disciplinas especializadas hasta las fronteras con el surrealismo, sectarias, ajenas a las preocupaciones de los ciudadanos que no viven en el fortín universitario, sino a la Filosofía en su vieja acepción: esa gimnasia mental que da otro tipo de musculatura, la que ayuda a pensar en la propia mente, en nuestra comprensión del bien y el mal, en lo mutable que es el mundo físico, en las emociones que nos gobiernan o desgobiernan e incluso en las mejores formas de morir y de vivir. Sacks se rompía un tendón o sufría una migraña y te movía cinco o seis certezas ontológicas.

Cómo vivir y morir fue justamente su última lección, que recordamos todos. Pienso en ese ¿ensayo, memoria, carta? que nos enteraba de que el cáncer lo había tomado por asalto y no llegaría a los 83. No llegó, pero se fue con gracia. Con gracia en el sentido más profundo, es decir, lleno de congruencia, fiel a las pocas certezas que pueden permitirse los hombres decentes en esta vida: que vale la pena ser buen amigo, ser curioso, echar la mano sin alardear y no tomarse muy en serio. Y poco más, me temo…

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