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Sábado , 23.03.2019 / 00:57 Hoy

Malos modos

Cómo leer a Hitler

Julio Patán

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Me entero de que Mi lucha volverá a imprimirse en Alemania. No es poca cosa. A raíz del nazismo, la incitación al odio está prohibida constitucionalmente en aquel país, y el mamotreto de Hitler no es que quepa en esa categoría: es que la redefine. Aunque entiendo las razones de esa prohibición, no las comparto. Pero no me meteré ahora en discusiones sobre el derecho del Estado a sancionar contenidos. Basta decir que si veo bien la decisión de levantar el veto es porque la historia de la humanidad, al menos en los últimos dos siglos y pico, fue determinada por ideas basura nacidas de lecturas basura que más nos vale entender. Las ideas pesan.

¿Han leído Mi lucha? Vaya pesadilla. Pesadilla porque es, desde luego, un libro teñido de odio, pero también porque es un libro extraordinariamente idiota. No esperen el testimonio de un genio del mal, de una especie de Lex Luthor, una de esas mentes maestras agudas, seductoras, que te dejan en un embrujo culposo por la originalidad de su mirada y su refinamiento perverso. Hitler tiende a la autocompasión, es cursi, acumula diatribas confusas en párrafos deshilados y ofrece una teoría de la historia de una simpleza extrema. Es, vaya, un pésimo escritor. Pero su cosmovisión chabacana, mamada de la subliteratura sectaria de entreguerras, de periodicuchos racistas y el darwinismo histórico más silvestre, fue determinante. Y no es una excepción. Las grandes convulsiones sociales de Occidente, al menos desde el XIX, nacen de las clases medias, pero no de las clases medias más sofisticadas, esas que enriquecen y complejizan su idea del mundo con libros pensados para plantearnos preguntas, sino de las clases medias ansiosas de respuestas unívocas y sencillitas, de recetas para arreglar el mundo entero con violencia, sin dudas ni titubeos. Del resentimiento. Así fue en la Revolución Francesa, que no surgió de la Ilustración sino del submundo panfletario, e incluso en la soviética. Porque Lenin no era inculto y al lado de Hitler era un maestro del estilo, pero en Marx, a su vez un milenarista camuflado, aprendió de recetas, no de incertidumbres, y leyó con furor a los nihilistas rusos menos moderados, esos tipos dispuestos a incendiar al mundo entero para hacerlo mejor.

¿Cómo leer, entonces, Mi lucha? Como lo recetan los fiscales alemanes: acompañado de un estudio histórico concienzudo, amplio, razonable, que ofrezca el contexto y la historia misma del libro. Paradoja de paradojas: entender la idiotez requiere de mucha inteligencia.

Y de mucho estómago, claro. Prepárense.

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