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Sólo por hoy: testimonio de campeón y adicto

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  • Julio César Chávez

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Especial
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Hace unos meses volví al Centro Ceremonial Otomí. Llegando me empecé a acordar de un chingo de cosas. Ahí me preparé para peleas duras. Cuando llegué no había gimnasio, sólo un invernadero, entonces sacamos las matas, armamos un ring e hicimos un gimnasio de box.

Yo iba al Otomí a darle con todo. Tenía disciplina, mucha hambre, sólo estaba concentrado en eso. No había señal telefónica ni existía internet, casi no se veía tele, hacía un frío de la chingada y teníamos que bañarnos con agua helada.

Ahí me preparé para mi pelea con Meldrick Taylor, porque el licenciado Carlos Salinas de Gortari me lo recomendó. Nos hicimos amigos porque a él y a su mamá les gustaba mucho el box. Meldrick era un peleadorazo, la verdad. Esa noche necesité lo que había entrenado ahí.

Dando testimonio para la serie documental del cabrón de Diego Enrique Osorno, pienso que a lo mejor mi vida ha sido eso: buscar la forma de salir adelante, a pesar de todo, a pesar de los problemas, a pesar del rival y, a veces, a pesar de mí mismo.

Regresar al Otomí a filmar Chávez vs Chávez me hizo tener sentimientos encontrados, porque recordé las grandes peleas, pero también momentos de los que no estoy orgulloso, porque llegué a ir con adicciones al Otomí.

Muchos años pensé que mi pelea más difícil había sido alguna de las que tuve arriba de un ring. Las de Taylor, Rosario, Mayweather, Camacho, De la Hoya, pero hoy sé que no. La pelea más difícil fue conmigo mismo, porque a veces llegué a ser el diablo.

Entré al boxeo no porque me gustara que me dieran chingadazos. ¿A quién le gusta eso? Entré porque había necesidades en la casa y quería ayudar a sacar adelante a mi madre. Mi mamá siempre ha sido la inspiración, luego llegaron los campeonatos, Las Vegas, el dinero, los carros alegóricos, los aviones, las casas, la fama y todas esas pinches cosas...

Luego casi lo pierdo todo. Pasé años en alcohol y drogas, perdí millones de dólares, propiedades, amistades, carros alegóricos, tranquilidad y fui lastimando a la gente que quería. Cuando finalmente entré a una clínica no fue porque quisiera. Mi esposa, Myriam Escobar, y mi hijo Julio me engañaron y en ese momento quería matarlos, sentía que me estaban haciendo daño.

Estuve seis meses encerrado y ahí entendí que la adicción es una enfermedad y recuperarse no es dejar de consumir. Hay que aprender a vivir otra vez. Cuando salí tuve que cambiar todo. Yo vivía en Culiacán y decidí no regresar dos años, porque sabía que ahí estaban muchas de mis malas amistades, las fiestas y todo lo que podía llevarme de nuevo a lo mismo.

Me fui a vivir a Tijuana y los primeros meses fueron durísimos, porque la vida sin droga me parecía aburrida. Todo me molestaba, peleaba con mi mujer, conmigo mismo, con el pinche mundo. Hubo momentos en que quise mandar otra vez todo a la chingada.

Y por eso abrí una clínica, para ayudar a más personas. Una en Culiacán y otra en Tijuana. Todavía a veces llego llorando a dar testimonio en tribuna. El tiempo, por sí solo, no cura a nadie. Llevo muchos años limpio y mañana puedo recaer si me descuido. Eso lo tengo claro, no importa si llevas dos, diez o veinte años, hay que seguir trabajando, ir a tus juntas, pedir ayuda, hablar con alguien, cuidar las emociones. Uno se puede drogar porque está muy triste, pero también porque está demasiado contento.

La recuperación es un proceso, aprendí en la clínica. Por eso hay una frase que repito siempre: sólo por hoy. Sólo por hoy estoy limpio. Sólo por hoy estoy bien. Sólo por hoy puedo sentarme con mi hijo Julio como lo hice en el Otomí y platicar con él como hacía años no lo hacíamos.

Ese momento en que platiqué con mi hijo Julio a principios de este año fue importante. Yo he tenido que ver a mis hijos luchar contra sus propios problemas. Y eso para un padre está cabrón. Uno quisiera morirse antes que ellos. Cuando ves enfermo a un hijo, ¿qué haces? Tratas de salvarlo. Aunque se enoje contigo, aunque te miente la madre, aunque deje de hablarte.

Yo siempre les he dicho a mis hijos Julio, Omar, Cristian y Nicole: mientras yo esté vivo y mientras yo esté limpio no voy a dejar que se destruyan. Porque ahora entiendo cosas de mi propio padre que antes no entendía. Mi papá fue alcohólico, tuvo esa enfermedad, pero también fue un gran padre y lo recuerdo con mucho cariño.

Mis hermanos también fueron fundamentales para que llegara al boxeo. Mi hermano Borrego, que en paz descanse, también tuvo problemas de adicción y murió limpio. Mi hermano Rodolfo siempre ha sido de los más tranquilos de la familia, muy buen hermano. Nunca me drogué delante de él porque siempre lo he respetado mucho.

Al final uno descubre que ninguna pelea se gana solo. Aparte de estar con mi esposa Myriam y mi familia, me gusta entrenar todos los días y platicar con mis amigos Pablo González, René Pineda y Mauricio Sulaimán.

Ahora que estuve en el Otomí caminé por el gimnasio y me acordé de Cristóbal Rosas, del Búfalo y de tanta gente que me ayudó y que ya no está. Bajé a los pueblos de Temoaya y había personas que recordaban mis peleas. Señoras que me habían visto boxear hace treinta años, jóvenes otomíes que boxean por la inspiración de cuando yo venía.

La gente me dice a veces campeón, ídolo o leyenda. Yo no sé si soy una leyenda, la verdad. Nunca me he visto así, lo que sí sé es que tengo algo que para mí vale más que el dinero: el cariño de la gente. He perdido millones de dólares y sé que el dinero va y viene, pero el cariño no.

Cuando camino por la calle y me piden una foto trato de no negarla. A veces es una chinga, la verdad, con todo respeto, pero también sé que ese cariño no se compra. Se gana y México me acompañó cuando ganaba y también estuvo ahí cuando mi vida se fue para abajo.

Aunque ya se han hecho telenovelas, realitys, pódcasts, programas y muchas cosas sobre mi vida, siento que Chávez vs Chávez va a ser el más chingón, porque aquí se está diciendo toda la verdad, todo lo que es Julio César Chávez y todo lo que la familia y los amigos de Julio César Chávez han vivido, todos esos testimonios que Osorno recopiló.

Ahí la gente se va a dar cuenta realmente de quién es Julio César Chávez, no solamente de las peleas que la gente vio, sino también las que nadie veía. Las cosas buenas y las malas, mis errores, mi familia, mis adicciones, mis amigos, mis derrotas, la forma en que pude volver a levantarme.

No sé cuánto tiempo más voy a estar vivo. Espero que un chingo, porque algún día me voy a ir, como todos, pero cuando llegue ese momento no quisiera que mis hijos ni mis nietos recordaran solamente cuántos campeonatos gané o cuántas peleas tuve. Estaría bueno que supieran que me equivoqué muchas veces, que llegué hasta arriba, que caí muy bajo y que tuve la oportunidad de levantarme.

Mi madre ha estado malita estos meses y lo sigue ahora que salió el documental. A inicios de este año tenía varios días inconsciente y me acerqué a ponerle una canción de Javier Solís que dice que va a amar a alguien toda la vida. De pronto abrió los ojos y me dijo: “Yo te quiero más, hijo”…  Agradezco ahora cosas que antes ni siquiera veía, como poder abrazar a mi madre, pegarle al costal en el gimnasio, despertar limpio, eso es la pinche vida.

Gracias a México por haberme acompañado tantos años, cuando fui campeón y cuando dejé de serlo, cuando estaba arriba y cuando caí. Todo ese cariño me lo voy a llevar hasta la muerte. Yo sigo aquí peleando, sólo por hoy. 


*Si tú o una persona querida está luchando contra una adicción, contacta a Clínica Baja del Sol. www.clinicabajadelsol.com Tijuana [52] 664 688 62 55- Culiacán [52] 667 257 89 06. 

**Texto editado a partir del testimonio oral de Julio César Chávez durante la filmación del último episodio de la serie Chávez vs Chávez, disponible en Vix a partir de este 11 de septiembre de 2026. 



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