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Lunes , 25.03.2019 / 18:56 Hoy

La vida inútil

Reducción de cabeza

Juan Miguel Portillo

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El otro día desayunaba en un restaurant cuando entró una dama que despertó mi curiosidad. Era dos entidades en una. Era una mujer y a la vez un catálogo de modificaciones corporales. Era evidente que se había sometido a cirugías estéticas. O, mejor dicho quizás, antiestéticas. Tenía unos pómulos tan prominentes y enrojecidos, y sus labios eran tan grandes y floreados, que parecía que había tropezado con un panal de abejas africanas. Su cara y cuerpo estabas tan estirados que cuando levantaba el meñique se le movían las cejas. Cuando entró al sitio donde me encontraba, su descomunal pechuga llegó varios segundos antes que ella y su nalgatorio entró un minuto después. Algo que llamó mucho mi atención era la semejanza facial que tenía con otras dos señoras que llegaron con ella. Parecía que habían acudido al mismo cirujano y éste, como hacen los peluqueros, les había aplicado el mismo corte, pero de piel. En el cuerpo sí que no se parecían, una más llenita y la otra menos. A lo mejor el cirujano lo hizo a propósito para que sus maridos no las confundieran entre sí.

No lo digo con saña ni por estar en desacuerdo en que las personas hagan con su cuero lo que les venga en gana. Mucho menos tengo algo en contra de los cirujanos. Es más, yo soy un agradecido con la cirugía plástica y reconstructiva. Después del accidente de automóvil del 96 en el que casi me desaparezco de esta dimensión, los médicos me salvaron el pellejo. Y no solo me lo salvaron sino que me lo volvieron a poner en su lugar. Como a los autos, me hicieron reparación mayor, laminado y pintura, cuando pude haber sido pérdida total. Gracias Dr. Luis Manuel Villalpando.

Pero parece que hacerse arreglos estéticos se puede volver una adicción que tiene su nombre: dismorfia corporal. Es cuando empiezas con una corrección de nariz y te sigues con cada parte de tu cuerpo. Lo peor es que nunca estarás satisfecho con tu aspecto. Querer verse joven es una de las principales razones pero hay personas que, una vez agotado el repertorio de operaciones posibles, lo único que les resta por hacer para quitarse años es falsificar su acta de nacimiento.

Todo lo anterior solo para reflexionar sobre la idea de que yo podría ser una presa muy apetecible para cualquier cirujano plástico. Mi nariz es grande y con la punta virada unos 10 grados hacia latitud sur con respecto del ecuador; mi frente es tan amplia que podría ponerme en ella una pegatina de algún negocio y alquilarme como anuncio publicitario ambulante; tengo un ojo más chico que el otro, aunque aquí el dilema ha sido determinar si más bien el otro es más grande que el primero;, además son diferentes entre sí, parecen de dos personas distintas. A muchos niños les dicen “sacaste los ojos de tu padre”, pero en mi caso me decían “sacaste un ojo de tu padre y el otro de tu madre. Soy el tipo más asimétrico que conozco, si me asomo por una ventana y tú al pasar me ves en posición de tres cuartos, creerás que soy un cuadro de Picasso. Del cuerpo ni hablamos, no soy un buen diseño. Como tengo las piernas largas y el talle corto, es como si siempre me vieras de abajo para arriba. Poseo unos brazos tan desproporcionadamente largos que puedo rascarme las rodillas sin agacharme. De niño tenía las extremidades inferiores tan delgadas que no solía ponerme pantalón corto para que no pensaran que caminaba parado de manos, y mucho menos usaba traje de baño con el tórax al descubierto porque parecía un gato levantado en dos patas.

Sin embargo, empero, aún y no obstante, no pienso operarme por el momento ninguna de esas partes de mi anatomía. En su lugar me gustaría que me achicaran la cabeza. Tengo la testa -cholla, mollera o sesera- demasiado grande. Cuando necesito comprar una gorra o un sombrero, tengo que ir a la sección XXXL de la tienda. Si voy a tomarme una foto para alguna identificación tengo que decidirme entre sacrificar la frente o la piocha y en las selfies parece que mis amigos están dos metros atrás de mí. Si fuera caballo de carreras, seguro las ganaría todas por una cabeza. Pero desafortunadamente la cirugía plástica no tiene aún métodos para operar el tamaño de la cabeza. Por eso estoy pensando en ir a la Selva Amazónica a buscar algún indígena, de los conocidos como jíbaros, para que me haga una reducción de la cabeza. El problema, según tengo entendido, es que para que eso sea posible es necesario que primero me la corten del resto del cuerpo. Ahí vendría un gran problema, ¿cómo estar seguro de que al volvérmela a poner todos los cables queden bien conectados? Bastantes tornillos me faltan ya como para agregar más desperfectos. ¿Y mientras hacen la reducción, mi cuerpo descabezado podría morir? Obviamente que sí. Conociendo mi apetito feroz, sucumbiría de hambre.

En tanto la medicina estética no me ofrezca una solución quirúrgica y segura a mi dismorfia cefálica, desecharé esa cirugía de mi cabeza.

@jmportillo

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