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Jueves , 18.04.2019 / 23:57 Hoy

La vida inútil

Placeres culposos navideños

Juan Miguel Portillo

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Sí, ya sé que la Navidad pasó y seguir hablando de ella puede parecer trasnochado. Pero es que la Navidad no se va del todo. Deja su huella en cuerpo y alma. En nuestra alma nos deja ese halo de paz y reflexión, y en nuestro cuerpo algunos estragos en panza, papada y cachete, producto de las comilonas que nos propinamos hasta el empacho. En tanto no acabe el año seguiremos buscando la ocasión para darles entrada al cuerpo a los remanentes de la cena navideña, haciendo gala de guzga creatividad. Lo que quedó de un pavo rechoncho o del bacalao lo metemos en unas teleras, unos bolillos o en unas tortillas para dar lugar a unas tortas y unos tacos de concurso.

Pasó la Navidad y con ella se tendrán que ir los gustos y placeres culposos que la acompañan. Esos que nos provocan pudor reconocer ante los demás. Pero como en tiempo de Navidad todo se relaja, incluido el buen gusto, nos damos permiso para sacar a pasear al cursi, al naco, al kitsch y al surrealista que todos albergamos en nuestros músculos cardiacos.

Para empezar, nos ocupamos en decorar nuestras casas con todo tipo de adornos de colores que, usados en altas dosis, pueden causar daños en la retina. Moños dorados o plateados, listones rojos, focos centelleantes que recuerdan las fachadas de algún Night Club para caballeros, monigotes con cara de renos, duendes, campanas y demás.

En materia de moda de vestir, no tenemos empacho en ponernos prendas estampadas con flores de Nochebuena, bufandas con bastones de caramelo y monos de nieve. En un descuido hasta nos presentamos a trabajar con una ornamenta de reno o un bonito gorro de Santa Clos.

Durante esta temporada, nuestras exigencias cinematográficas también se aligeran y nos damos permiso de acudir al catálogo de Netflix para ver con devoción pelis de la talla de Mi Pobre Angelito, Santa Cláusula, El Grinch, Gremlins o Elf. Total, es Navidad.

Y qué decir de la música navideña. Nos damos el lujo de escuchar villancicos con letras sin sentido. Como ese que habla de peces que beben en el río, y que, por algún trastorno compulsivo, beben y beben y vuelven a beber. O ese otro que dice “campana sobre campana y sobre campana una…”. Perdón pero no entiendo. En el rubro musical sí pongo mis límites pero no por ello me libro del síndrome del cursi estacional. Yo me inclino más por oír con gozoso cinismo algunos temas navideños en inglés, interpretados por buenos cantantes. Sé que también son cursis pero, como decía mi tía Meche, tienen lo suyito.

Algunos son tan buenos que, en estas fechas, a varios músicos que conozco –de los de alto nivel– también se les hace ponche la sangre e incluyen unas navideñas en inglés en su repertorio.

La Navidad también nos permite proferir toda suerte de parabienes a los demás, desear armonía y felicidad a cuanto mortal tenemos a nuestro alcance y dispensar bendiciones a diestra y siniestra, como si fuéramos delegados del Papa. Todo vía Whatsapp, por supuesto.

Pero la Navidad terminó y es momento de guardar al cursi que dejamos salir cada año.

Y lo digo por mí porque, no lo puedo negar, confieso que disfruto esta época, que me gusta ir de compras, que siento placer en regalar y que me regalen, que la cena de Nochebuena y los subsecuentes recalentados rayan en lo sublime y que me ataca descarnadamente la dicha de ver a la familia reunida y contenta. ¿Ya ven por qué les digo que me pongo cursi, cursi, pero cursi?

Y ya me voy porque no quiero que me vean llorar.

Feliz 2017.

@jmportillo

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