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Martes , 19.03.2019 / 11:31 Hoy

Autonomía relativa

Del perdón solicitado

Juan Ignacio Zavala

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Pedir perdón tiene una variante interesante: queda en el que lo solicita la satisfacción de haberlo pedido, a reserva de que se le otorgue o no. El mensaje es el siguiente: he recurrido a la humillación, he llegado donde quieres, aquí me tienes, ¿qué vas a hacer con mi palabra que pongo como prenda para que me libres de la ofensa?

La respuesta no es fácil y depende mucho del tamaño del agravio. Cuántas veces hemos escuchado a alguien decir como último argumento “ya le pedí perdón, qué más quiere”. Es una suerte de última opción, de recurso final en el que no queda duda de la voluntad del solicitante de obtener la buena voluntad del agraviado. Por eso el perdón en cualquier relación es un recurso que se puede desgastar rápidamente.

Las disculpas públicas pueden caer en la incredulidad, en la burla pública o incluso pueden ahondar la ofensa, como fue el caso de José López Portillo que más que pedir perdón hizo una patética actuación que profundizó la rabia popular que por años lo persiguió.

El gobernante al pedir perdón se mueve en una línea delgada que va de la sinceridad en el arrepentimiento al abierto cinismo. Es una apuesta difícil pedirlo porque quienes deciden en qué ámbito cae su solicitud son los agraviados. En este sentido, me parece que hay que reconocer la actitud del presidente Peña de ponerse de nuevo en el cadalso —su equipo es especialista en ponerlo ahí periódicamente—, aceptar su culpa y solicitar la venia pública. Era natural que las redes sociales procesaran de otra manera la disculpa presidencial, pero gestos de esa índole no se hacen para el clamor inmediato, sino para dejar un referente, una constancia ante la historia.

Claro que la disculpa no es completa, pues viene matizada de un “pero”. A saber quién le recomendó echar a perder su gesto con eso. Resulta ingenuo esperar que el Presidente diga que cometió una ilegalidad. Pero empañar una disculpa diciendo una especie de “no hice nada, pero si tú dices que te ofendí, te pido perdón”, demerita la buena voluntad del solicitante.

Peña terminó siendo víctima del engaño inicial que quisieron hacer. En su libro La inteligencia fracasada (ed. Anagrama), José Antonio Marina dice que: “Cualquier engaño se adueña de la vida entera. Lo difícil no es mentir, sino mantener la mentira”.

Ojalá no vengan más perdones y tengamos más acciones. El propio perdón que solicitó el Presidente debiera ser un acicate para que todo el gobierno cambiara su actitud. No se trata de que se inmolen, solo de que se respete la ley que promueve su jefe. Un acto de congruencia en el último tramo de gobierno no es mucho pedir.

Twitter: @juanizavala

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