Cultura

Retrato de un lector de la experiencia poética y la humana

Cuando tuve la oportunidad de preguntar a mi interlocutor —funcionario de Educación Municipal— sobre el veto que cimbraba sobre mi persona y fue extensivo luego a don Francisco de Quevedo y Villegas, por haber colaborado en bibliotecas públicas en la Administración 2012-2015 y haber promovido algunos poemas del célebre autor después, respectivamente, no lo hice.

Me concentré mejor en atender la línea de poesía fina que trazó el aludido funcionario público y que versó sobre la tradición de los escritores españoles, franceses e ingleses, así como sus pariguales japoneses y chinos, en alusión a “las épocas que llamamos decadentes” y que “son con frecuencia ricas en grandes poetas” según Octavio Paz.

Aparecieron entre nosotros: Góngora y Quevedo, Mallarmé; Li Po y Tu Fu, José Juan Tablada, Ezra Pound, Eliot, Wallace Stevens, Octavio Paz, y otros más.

Derivó entonces la estira y afloja sobre la traducción y por supuesto la influencia de unos y otros autores sobre los versos de todos, que sin duda nos habla de la evolución de la poesía.

Luego sobrevino la solvencia de que “todos se sienten seres aparte de la sociedad y algunos se consideran fundadores de una historia y de un hombre nuevos”. Esos son los poetas y por añadidura sus lectores.

En pocos minutos mi interlocutor y yo dialogamos magníficamente sobre el universo, su historia y su poesía.

Me compartió luego su curiosa lectura sobre la tradición japonesa del verso a través de una traducción en inglés —edición de los años setenta— conseguida en uno de sus viajes por Europa. Un libro que, a su decir, tenía un lugar privilegiado en su hogar.

Recuerdo que su ejercicio vinculante abrió un capítulo vital sobre cómo hacer que esta (re)invención se propagara a nuestra lengua con una propia traducción. Más bien con una nueva apropiación de la poesía del Lejano Oriente que nos ayude a reencontrarnos en nuestro tiempo.

Ligó todo lo anterior a la fortaleza de la memoria de los hombres.

—“Trabajo en ello”, me dijo. “Es una recreación propia que me gustaría dar a leer”—.

Por supuesto que su declaración me llenó de entusiasmo y pensé en la buena acogida de los lectores y por ende la llegada del libro a las bibliotecas de todos, públicas y privadas.

No dejamos de pensar claro, en los riesgos de la traducción misma y cuál sería la recepción de los interesados por aquello del “ustedes aquí y nosotros allá traducimos” vertido esto por Domingo Faustino Sarmiento autor argentino en su visita a España en 1846.

A mi manera, saludé la publicación del libro. Sobre todo, por reconocer de nuevo, las influencias de poesía sino-japonesa y adláteres en mi quehacer poético.

Lo hice en aquel momento del 5 de mayo del 2017 y otros dos más: 17 de mayo por misiva y luego en marzo de 2018 en ocasión de la presentación del Festival de Humanidades, Ciencias y Artes que tutela la UNAM en León. Previo al anuncio del programa del festival le recordé el gran pendiente que tenía con los lectores de poesía del rumbo. Del trabajo traductor del servidor público, dos poetas de calidad sabían: Ricardo Azuela Espinoza y José Francisco González Ramírez.

Dicho sea de paso, Ricardo Azuela autor de El perro del sol(Grupo Rodrigo Porrúa Ediciones, 2017, 2ª. Ed.) promovía con elocuencia su poemario concebido en París donde compartió momentos con Octavio Paz. Y al saber el nombre de nuestro retratado lo reconoció inmediatamente.

En aquella carta aludí al dossier “Premios de literatura León 08” donde aparece mi trabajo ¿No es Hugh Selwyn Mauberly el mejor poema de Ezra Pound?(ICL, 2018, pp. 9-15) que mereció el primer lugar en Poesía.

Además de la hechura de los versos, a la manera del Tanka, el Haïkai y el Naga Uta, donde el genio y el ingenio de un lector, Alberto Isakï hacen presencia y lo refrenda bien David Ramírez Chávez en la presentación del volumen, hice una mención especial a Herminio Martínez obrero de la palabra (q.e.p.d.) recurrente lector de los Cantos pisanos de Pound.

Pues bien, aquel lector de poesía y traductor —creyente de la tradición poética— singular ser humano, que un buen día decidió dialogar conmigo sobre la vida, y me hizo olvidar —por momentos— mi afrenta primigenia del veto, lleva por nombre Raúl E. Bertrand Villa quién murió hace casi un mes.

Ligado por siempre a “los dos extremos de la experiencia poética y la humana: la soledad y la comunión”, hoy lo recuerdo con entrañable nostalgia y deseo que su familia, amigos y lectores de poesía, no tengan más penas.

Del veto, querido Raúl, darán cuentas a la vida quienes lo promulgaron. _

* Editor fundador de Grupo Ochocientos y actual director del Centro de Investigación y Estudios Literarios de León (CIEL-LEÓN).

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Juan Carlos Porras
  • Juan Carlos Porras
  • Editor fundador de Grupo Ochocientos y actual director del Centro de Investigación y Estudios Literarios de León (CIEL-LEÓN).
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