La guerra en Medio Oriente está más cerca de lo que parece. En un mundo globalizado, el efecto mariposa es inmediato e inevitable. Basta cargar gasolina en Nuevo León para entender qué tan dependientes somos de fenómenos que ocurren al otro lado del mundo.
El precio de los combustibles en México no es casual. Está determinado por la cotización internacional del petróleo, el tipo de cambio del dólar, los costos logísticos –como distribución y almacenamiento–, así como por los impuestos, entre ellos el Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS) y el IVA. Si el petróleo de Medio Oriente se ve comprometido en su salida al mercado, el resultado es escasez y encarecimiento en su refinación.
En ese contexto, cada empresario gasolinero fija su margen de ganancia. Por ello, el pacto impulsado por la Presidenta para topar el precio de la gasolina regular en 24 pesos por litro quedó en una mera invitación. Aunque se prometió proteger al sector, los empresarios evitaron sumarse bajo el argumento de que ese “colchón” es insuficiente.
Ni siquiera la advertencia de exhibiciones públicas mediante operativos de la Profeco logró contener los incrementos. Los expendedores alegan costos fijos: rentas, sueldos y gastos operativos que no pueden ajustar. Al no tratarse de una medida obligatoria prefieren incumplir el acuerdo antes que sacrificar utilidades.
Al final, quienes pagamos los “pactos rotos” somos los consumidores.
Nada se compara con una guerra abierta como la que hoy tensiona la relación entre Estados Unidos e Irán. Sin embargo, este escenario evidencia la fragilidad de las estrategias económicas: la limitada capacidad de refinación, la ausencia de subsidios emergentes y la escasa empatía del gremio gasolinero.
Así que la próxima vez que cargue el tanque, quizá convenga buscar una estación en un municipio de menor plusvalía –donde los costos operativos son más bajos– y, de paso, pedir por la paz en el mundo.