Cultura

Una historia de ventrílocuos

  • Paisajes abreviados
  • Una historia de ventrílocuos
  • José Luis Vivar

La noticia no es ninguna novedad. Magos y payasos se encuentran sin trabajo. Las fiestas infantiles están clausuradas. Por eso han tenido que dedicarse a otras actividades, o se han reinventado, y se presentan en alguna red social. Todo sea por sobrevivir en esta Pandemia que sigue afectando la economía de los mexicanos. Pero en este rubro también se encuentran los ventrílocuos, aunque casi nadie los menciona. Esos hombres y mujeres que se ganan la vida con el estómago, proyectando su voz en un muñeco. Algunos de ellos son famosos como el Mago Frank y el conejo Blas; y Edmundo Miller con el abuelo Cárcamo, o don Roque, que era de su padre: Paco Miller. En México esta tradición artística era conocida, sin embargo, cobró mayor fuerza a principios del siglo XX, cuando comenzaron a llegar ventrílocuos famosos de diferentes partes del mundo, como el español Paco Sanz, que presentaba hasta veinte muñecos, algunos de tamaño natural; además de su famoso autómata Frey Volt que actuaba solo en el escenario. Cuentan las crónicas que este señor interactuaba con todas sus creaciones, e incluso bailaba con una dama elegante. Aunque al principio no resultó fácil para los ventrílocuos nacionales. Antes de ser aceptados en los teatros de la capital y del interior del país, tuvieron como foro las calles, donde debían armarse de ingenio y de valor para soportar las burlas y los albures del respetable. A partir de los años veinte el panorama fue mejorando, y algunos de ellos pudieron integrarse a algún circo, mientras que los más afortunados entraron a las carpas. Desde entonces se considera como buen ventrílocuo a aquel que logra acaparar la atención del público por su dinamismo para dialogar; y es todavía mejor cuando entabla una espontánea relación con el público, además de realizar sketches con el cuadro actoral en turno. Sobresale en esa época de manera especial la historia de Roberto Ramírez -padre de Beto el Boticario-, que tenía a sus muñecos don Bernardo, el Tartamudo, y el que era su favorito: el Conde Boby. Tanto era su éxito que a veces actuaba hasta en tres carpas distintas la misma noche. Por desgracia no se conservan registros de audio de sus actuaciones, pero testigos de esos días aseguran que era el mejor de todos. Y precisamente, en la cima del triunfo, Roberto vivió una experiencia traumática: la cabeza del Conde Boby desapareció. Desesperado revisó su casa, buscó en todas las carpas, preguntó a taxistas. Nada. Sin desistir puso anuncios en los periódicos, ofreciendo recompensa. Fue inútil. Alguien le sugirió que mandara hacer otra cabeza de su muñeco. Y eso hizo. El remedio fue peor: no se acostumbraba a trabajar el nuevo Conde Boby, y sus actuaciones eran un desastre. Afectado, le gritaba que él no era el verdadero. Su salud mental quedó deteriorada, y al poco tiempo dijo adiós a las carpas. Su hijo recordaba este pasaje como algo triste y al mismo tiempo absurdo. Nunca ahondó en detalles. La literatura y el cine han presentado historias como ésta: el artista obsesionado con su muñeco, la mayoría de las veces con desenlaces fatales. La realidad es otra en estos días: muchos ventrílocuos están sin trabajo, y esperan que la situación mejore para volver a dialogar con sus compañeros de escenario. 

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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