Del taller literario de la Normal Miguel F. Martínez, a principios de los 80 del siglo pasado, surgió la revista Normaletra. Santos Garza Flores coordinó el taller y otro gran maestro, Álvaro Ariel Guadiana, fue un erudito y travieso participante. Terminó el ciclo de la revista estudiantil y luego impulsé un proyecto romántico llamado revista Fragua, de breve memoria. Gracias a la bondad cultural de la familia Cantú Escalante dirigí, en el periódico El Porvenir, el legendario suplemento cultural Aquí Vamos, después de su fundador, el poeta Jorge Cantú, y de la escritora Rosaura Barahona.
El periodismo abrazó mi vida y Gilberto Marcos apoyó los proyectos culturales que le presenté para Televisa Monterrey. Luego vino El Diario de Monterrey, Diario del Aire con Susana Valdés Lévy y Omar Elí Robles, Telediario Matutino y un columnismo editorial que sigue apareciendo en MILENIO, donde la familia González me da casa periodística, hogar espiritual y refugio poético. El llamado de la selva literaria continuó insistiendo en mis oídos. No bastaba escribir poemas, relatos, aforismos, minificciones. Había que intentar algo más donde los vasos comunicantes estallaran.
En la calle Morelos, casi esquina con Diego de Montemayor, en el Barrio Beato, Antiguo o como la historia de la Ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey le quiera nombrar, con amigos y compañeros de la Facultad de Filosofía y Letras intenté La Casa de los Arcos, un recinto de usos múltiples: cantina, galería, talleres de música y artesanales, dormitorios, habitaciones abiertas y tapancos para artesanos, poetas y artistas; comuna sin manifiestos surrealistas ni marxistas. Puntales sobresalientes para la galería fueron, como encargados de exposiciones, Sergio de Osio y Juan Alberto Mancilla y, como asesor externo, Xavier Moyssén. Ahí, bajo el signo de la OCA (la Orden de los Caballeros del Alcohol, presidida por el poeta-rabino José Francisco Villarreal), Samuel Noyola y yo imaginamos, primero, una revista literaria, Piedra de Sol, en claro homenaje a Octavio Paz. Otra invención recorrió nuestros delirios, la revista Servando (literatura y política) que tuvo su referente en la revista George de John-John Kennedy en Washington.
La revista Posdata es la herencia de esta arqueología de la imaginación. Conocí a Óscar Estrada en los mentideros culturales de Monterrey y en La Casa: Ediciones, de Amazonas 106, donde un puñado de artistas destruyó para siempre la visión provinciana de la ciudad. Óscar rediseñó el periódico El Porvenir y el suplemento cultural Aquí Vamos, ahí estrechamos nuestra complicidad. Nadie mejor para encarnar la revista Posdata. Nadie mejor para diseñar las colecciones de Posdata Editores. Poetas tan distantes ideológicamente como Aurelio Asian y Juan Gelman coincidieron en la estética de Estrada y celebraron sus portadas y diseños de los libros que publicaron con nosotros.
TRÍPODE
La luz clínica de Óscar Estrada
Inflige un esguín: nuestra mirada,
Inventa un festín: nuestra morada.
Es tiempo de mujeres. Ahora la revista Posdata respira diferente, más acá de nuestra presentación digital. Estrada prosigue en su serena imaginación, Violetta Estefanía Ruiz y Zaira Eliette Espinosa revolucionan el viaje. Al anunciar el regreso de Posdata en formato impreso, trimestral y gratuita, con números dedicados al norte de México y los especiales 20 poetas y 20 narradores, Violetta comentó a Excélsior: “Cada vez vemos más voces femeninas y, de alguna manera, se está deconstruyendo el paradigma de la literatura del norte como narcofronteriza de la violencia. Hay nuevas temáticas y relevos generacionales”. Lo celebro, para quienes vivimos, morimos y resucitamos en la Palabra, el relevo siempre es una fiesta.