Política

La necesidad de planes A

Luis Morales
Luis Morales

Siempre es meritorio un buen plan B. Exhibe capacidad de planeación en caso de haber sido concebido desde el principio como opción de contingencia; o, de no serlo, muestra al menos cierta habilidad de reacción frente a un resultado inesperado. Tal puede ser el caso del llamado plan B de la presidenta Claudia Sheinbaum respecto a la reforma política y judicial, rechazado hace unas semanas tras no haber alcanzado dos tercios de los votos en las cámaras (su plan A). Como bien se sabe, los partidos aliados, Verde y del Trabajo, no accedieron a una reforma que quitaba recursos y posiciones de poder a sus líderes.

Frente a ello, también se sabe, la Presidenta lanzó una iniciativa más modesta para reducir los gastos excesivos de congresos locales y ayuntamientos. Aparentemente tal plan B parecería ser peras y manzanas con respecto al plan A: reducir algunos excesos marginales en los gobiernos locales está muy lejos de la gran reforma del poder legislativo y la disminución de los privilegios de la partidocracia en el sistema político mexicano, como se planteaba en el proyecto original.

Y, sin embargo, a mí me parece que en realidad esta iniciativa posterior, más en el orden “de lo perdido lo que aparezca”, es una especie de plan C. Eliminar, al menos, una irregularidad de las muchas de la vida pública mexicana. Pero el verdadero plan B de Sheinbaum se había dado antes. Lo instrumentó cuando decidió presentar su ambicioso proyecto a pesar de la abrumadora evidencia de que iba a ser rechazado por sus aliados. Optó por convertir “la derrota”, en un argumento envenenado para la penosa relación de dependencia que padece Morena respecto a aliados con los que no puede contar cabalmente.

Y aquí un breve paréntesis de contexto. Morena quedó atrapado en un círculo vicioso que amenazaba hacerse eterno. En cada elección PVEM y PT exigen más posiciones a cambio de su apoyo en campañas y de sus votaciones en las cámaras; pero a su vez, las concesiones obtenidas (curules y escaños) acentúan la dependencia de Morena. PVEM y PT tienen en conjunto 99 diputados y 20 senadores; absolutamente indispensables para votaciones importantes en las cámaras. Pero se trata de una cifra que nunca habrían alcanzado por sí mismos si no estuvieran en alianza con Morena. Paradójicamente tal empoderamiento se ha convertido en una vía para exigir mayores espacios y, como resultado, el partido gobernante les necesita cada vez en mayor medida.

Con su reforma inicial, la original, Claudia Sheinbaum pretendía revertir este orden de cosas al eliminar buena parte de la base de poder de los dirigentes de estos partidos: reducción del enorme presupuesto público y eliminación del reparto de poder discrecional del que pueden disponer gracias a las listas de plurinominales. Al no conseguirse, la presidenta busca un efecto en la misma dirección por otra vía: exhibir a ambos partidos y mostrar su deslealtad, con el muy claro propósito de debilitarlos en las negociaciones que vienen para definir candidaturas en las cámaras. Si Morena consigue una mejor distribución respecto a “sus aliados”, en el próximo congreso federal, su dependencia será menor y podría comenzar un círculo virtuoso en sentido inverso: tendencialmente desvincularse de esta adicción en la que está preso.

Para ser exitosa tal estrategia tendrá que ser aterrizada en una hábil negociación por parte de la dirigencia de Morena. Un proceso de toma y daca con gobernadores y partidos aliados que será vital para que el resultado de las elecciones arroje cuadros afines a lo que Claudia Sheinbaum intenta concretar. Cabría preguntarse si la actual dirigencia de Morena está a la altura de tal desafío o se requieren cambios importantes. Pero eso sería materia de otra discusión.

Con todo, habría que hacer una reflexión de fondo. Avanzar a partir de planes B y C entraña un desgaste. Pueden ser salidas meritorias, pero implican de suyo que el plan A, cualquiera que haya sido, no ha tenido éxito. Los gobiernos tienen que ser asociados a una imagen de solvencia y liderazgo; es decir, como entidades capaces de proponerse planes A y sacarlos adelante.

Lo que acaba de suceder deja en claro la capacidad de Sheinbaum de sacar ganancias de una derrota. E insisto, la ganancia no estriba en la reducción de gastos en los congresos locales y ayuntamientos, aunque tampoco es nimio, sino en la tensión de fondo que Palacio ha instalado en la alianza tan impresentable con el PVEM y el PT. Pero no conseguir planes A también revela cosas. La más importante, en este caso, es la capacidad de maniobra limitada en materia política. Y no me refiero estrictamente a la operación; en coyunturas puntuales Rosa Icela Rodríguez, titular de Gobernación, es un alfil eficaz. Lo que está faltando es una estrategia más amplia que haga el diseño de ruta de lo que va a ser el resto de sexenio en materia política y haga viable la visión que abriga Claudia Sheinbaum de su segundo piso de la Cuarta Transformación.


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Jorge Zepeda Patterson
  • Jorge Zepeda Patterson
  • Escritor y Periodista, Columnista en Milenio Diario todos los martes y jueves con "Pensándolo bien" / Autor de Amos de Mexico, Los Corruptores, Milena, Muerte Contrarreloj
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