Cultura

Los placeres del perro regio

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Aristipo de Cirene, el filósofo del placer, no era muy querido por sus contemporáneos. Diógenes lo llamaba el perro regio, lo cual era un elogio; lo de perro, supongo, le tocaba por su cercanía con los filósofos cínicos, y lo de regio no necesita explicación. Exponía su filosofía lo mismo en la biblioteca que en la cantina o el burdel.

Su conducta escandalosa, su inteligencia, y la fama que ésta le procuró, terminó bautizando a la escuela más arrojada del hedonismo: los cirenaicos, por Cirene, la ciudad de Libia, que era entonces colonia griega, en la que nació Aristipo en el año 433 antes de nuestra era.

Lo único que queda de Aristipo de Cirene es lo que de él contaron sus contemporáneos, y lo que después contó Diógenes Laercio en su famoso, y fabuloso, libro sobre la vida de los filósofos.

La obra de Aristipo se perdió o fue destruida, lo cual nos deja sin los libros que escribió, sin Sobre la molicie de antaño, por ejemplo, que era una crónica donde hablaba con gran desparpajo de los amantes de sus colegas filósofos, incluyendo los de Sócrates y los de Platón. Platón se vengó de él reduciéndolo en sus Diálogos a personaje nefasto y secundario, negó incluso que Aristipo hubiera estado junto a Sócrates en el momento de su muerte, episodio que, al parecer, sí tuvo lugar. “Molicie” es, por cierto y según el diccionario: “Blandura de las cosas al tacto” y “abandono invencible al placer de los sentidos o una grata pereza”.

En esa época en la que el mundo era todavía muy estrecho, Aristipo era un cosmopolita, decía, en la cantina o en el burdel, que su patria era el universo. También era rico y seguramente su riqueza era uno de los elementos que alimentaban su mala imagen, pues ya desde entonces el dinero manchaba, los ricos eran los enemigos del pueblo, un concepto que, años después, recogería la doctrina católica con un vicioso entusiasmo.

Los atenienses de la clase acomodada enviaban a sus hijos a estudiar con algún filósofo; los socráticos no cobraban por enseñar pero Aristipo de Cirene sí, unas cantidades que le permitían vivir con mucho lujo, en una casa grande donde ofrecía comilonas; se pagaba una cuadrilla de heteras o prostitutas, aunque vivía con Lais, y vestía fastuosamente, a diferencia de Sócrates que vivía y vestía como un pordiosero.

Cuando Aristipo anunció que cobraría quinientas dracmas por educar a un muchacho, el padre de la criatura le reclamó: “por ese precio puedo comprarme un esclavo”, a lo que el filósofo respondió: “Cómpratelo y tendrás dos”.

Una vez alguien le hizo ver que eran los filósofos los que se acercaban a los ricos y no al revés, y él respondió: “Porque los unos saben lo que les hace falta, y los otros no lo saben”, y añadió: “También los médicos están ante las puertas de los enfermos, pero no por eso preferiría cualquiera ser enfermo a ser médico”.

Su criado llevaba un día una bolsa de dinero de su patrón que le pesaba mucho: “tira lo que sobre y lleva tan solo lo que puedas”, le ordenó Aristipo y con esto ilustró la poca importancia que le daba al dinero. En otra ocasión iba en un barco contando sus monedas cuando percibió la mirada codiciosa de unos ladrones; sin pensarlo dos veces tiró sus monedas al agua y más tarde explicó: “mejor era que éstas perecieran a causa de Aristipo que no Aristipo a causa de ellas”.

“¿De dónde sacas tanto?”, le preguntaba Sócrates; “de dónde tú tan poco”, le respondía. La riqueza para él no era deseable por sí misma, sino por los placeres que era capaz de proveer.

Despreciaba a la colectividad, prefería caminar solo, ser completamente autónomo, estaba convencido de que el mejor amigo era el que le resultaba útil.

Reivindicaba el placer no como la ausencia de dolor o de perturbación, que proponía Epicuro, sino como un placer activo que era necesario administrar. Hoy Aristipo estaría a la vanguardia, porque el placer, en el siglo XXI, se evita más que se administra; basta ver de qué forma se erradica hoy todo lo que atenta contra la salud; la administración del placer lo incluye, mientras que evitarlo lo destierra. El filósofo vería con sorna que en el siglo XXI se trabaja para evitar los males, más que para elegir los bienes.

Aristipo sostenía que los placeres corporales son mejores que los espirituales. Vivía con Lais, su hetera de planta: “porque lo mejor es dominar y no ser sometido en los placeres, no el abstenerse de ellos”.

El placer se experimenta en el instante, en el momento, pertenece al tiempo presente y en cambio, decía, la felicidad es la combinación de placeres particulares, los pasados y los futuros, es decir que intervienen el recuerdo del placer y su anticipación.

“El placer es un bien, incluso si se origina de los hechos más vergonzosos”, decía, y dejaba el límite escrupulosamente establecido: vale siempre y cuando el placer que se experimenta sea mayor que el displacer que este produzca como consecuencia.

Y también dijo: “De igual modo que no tienen más salud los que comen muchísimo que los que ingieren lo necesario, así tampoco son inteligentes los que leen mucho, sino los que leen cosas útiles”. Un mensaje que, después de dos mil trescientos años, no ha perdido su esplendor.

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Jordi Soler
  • Jordi Soler
  • Es escritor y poeta mexicano (16 de diciembre de 1963), fue productor y locutor de radio a finales del siglo XX; Vive en la ciudad de Barcelona desde 2003. Es autor de libros como Los rojos de ultramar, Usos rudimentarios de la selva y Los hijos del volcán. Publica los lunes su columna Melancolía de la Resistencia.
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