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Lunes , 18.02.2019 / 21:27 Hoy

Otro camino

Los trabajadores: "estúpidos"

Joel Ortega Juárez

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Hace 25 años Clinton, durante la campaña presidencial, le dijo a Bush: es la economía, imbécil. Algo semejante ocurre con la clase política en su conjunto y en especial con el Presidente que mandaron el tema del mundo del trabajo a una zona gris.

Durante 60 días de mañaneras, solo hubo una alusión del Presidente, acudiendo a la Biblia, dijo que es pecado social no pagar salarios devengados.

La cuestión salarial, y en conjunto la situación laboral, no es un asunto religioso ni de prédicas moralistas, así se trate de versiones tomadas de la Cartilla Moral de Alfonso Reyes o más cercanas al Catecismo del padre Ripalda; es un tema de orden político.

Hacer un cambio profundo del conjunto del sistema laboral mexicano debió ser una prioridad fundamental, ambas cosas, no es pleonasmo, de un gobierno que se autonombra popular. No fue así.

No atender ese problema puede causar un verdadero sismo social.

Las huelgas de las maquiladoras en Matamoros en 48 empresas, más o menos, estalladas hace unos 20 días y que involucran a unos 60 mil trabajadores, en su mayoría mujeres, fueron producto de la presión contra la dirección sindical de Juan Villafuerte, titular de los contratos y parte de la CTM.

Surge aquí una de las perversiones establecidas en las leyes laborales mexicanas: el famoso tema de la titularidad de los contratos.

En un sistema laboral del siglo XXI es aberrante que existan titularidades únicas de los contratos colectivos de trabajo. En el mundo laboral de los países centrales ese monopolio no existe. Los contratos son administrados por consejos de trabajadores sin militancia sindical o procedentes de diversos sindicatos. Es una de las características de la libertad sindical.

En Matamoros se expresa esa perversión: el movimiento de base tuvo que arrastrar a la dirección oficial de la CTM para emplazar a las empresas, a fin de cumplir con la cláusula que establece un ajuste salarial a tono con el salario mínimo.

Toda la estructura sindical y la legislación laboral se gestaron durante los inicios el sistema político de la Revolución mexicana y especialmente en el cardenismo. Entonces surgió el control corporativo, que luego se convirtió en charrismo, es decir, un sindicalismo postizo, como lo denominaba Rafael Galván.

Ese aparato sindical está en una situación cercana a la crisis. Las huelgas de las maquiladoras y en otro sentido las huelgas de la CNTE en Michoacán y ahora en Oaxaca podrían ser el preludio de una nueva insurgencia sindical.

Es el momento de realizar una reforma laboral que ponga fin al viejo corporativismo sindical estableciendo: la libertad de afiliación a cualquier sindicato o a ninguno, a nivel de empresa de rama industrial o de cualquier dependencia gubernamental, acatando lo que establece la OIT. Eso ha sido aprobado por el Senado muy tardíamente, con casi 50 años de retraso a nivel de la ONU y varios años después de las reformas constitucionales en México. Ojalá se haga efectivo.

Se debe poner fin al registro sindical y la toma de nota ante la Secretaría del Trabajo; deben suprimirse las clausulas de exclusión por admisión y separación, base del control charro; derogar lo que establece en la ley, en una serie de medidas contrarias a la Libertad Sindical.


joelortegajuarez@gmail.com

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