Los mexicanos, con justa razón, hablamos del mes de septiembre como mes de la Patria, por la abundancia de fiestas que se incluyen en sus días y que tienen relación con eventos heroicos de pasado, con relación al bien de la Patria.
Hay que recordar que por muchos siglos existieron en el actual territorio nacional muchos pueblos originarios, que tenían sus propios territorios, sus propias lenguas, su propio arte arquitectónico.
Sus culturas florecieron, pero también decayeron. ¿Por qué? Hay muchas interrogantes no resueltas.
Por rodares de la historia, allá por finales de los años 1400, llegaron, por el mar Caribe, hombres europeos que, en su modo de pensar, comenzaron a hablar del descubrimiento de tierras y pueblos, todo para ellos, nuevos; pero llegaron a unas tierras que tenían milenios de ser habitadas y constructoras de civilizaciones bien consolidadas.
Cuando los hombres europeos comienzan a pisar estas tierras, lo hacen con su cultura propia, nada más que aquí ya había culturas milenarias.
El gran problema que se afronta con los historiadores, como si fuera fiebre de dengue, es que la presencia más notable fue la de la Iglesia Católica, que llegó con el conquistador, soldado armado que acababa de ganar una batalla de ocho siglos contra los musulmanes, pero en estos territorios no había musulmanes sino pueblos originarios que no agredían, agredían al atacarlos en sus territorios, en sus autoridades, en sus culturas.
Con el misionero llegó el soldado, que no siempre eran tan amigables, como consta por muchos misioneros que se enfrentaron rudamente con los llamados conquistadores, como el caso de Bartolomé de las Casas, Julián Garces, Vasco de Quiroga, etc.
Por el modo propio de vivir la fe en el hombre europeo del siglo XVI, cuando lo civil y lo religioso están tan unidos que hace muy difícil separar lo espiritual en las convicciones, de un lado y de otro.
Allá en el siglo XV, al Papa de entonces se le hizo muy ventajoso confiar en los Reyes Católicos de España, y les concedió una amplia intromisión en asuntos internos de la Iglesia, y esta se sentía satisfecha porque la autoridad civil la protegería en su labor de evangelización.
Caminando los siglos, casas monárquicas que ocuparon la máxima autoridad de los “reinos” de España, estas sintieron la necesidad de que la Iglesia no fuera más que una administración política de su reino, o sea, quien manda aquí, pues el rey, que con libre conciencia se apropiaba de los bienes de la Iglesia, de los dineros; nombraba obispos para que administraran territorios diocesanos de acuerdo con las políticas del soberano en turno.
Los malentendidos provocaron la exasperación de ambos bandos.
El Rey Carlos III se radicalizó demasiado, hasta el grado de hacer expulsiones de misioneros en demasía; cargo de impuestos a lo bruto y vino la reacción de la Iglesia y del pueblo que no aceptaban las decisiones, aunque fueran del rey. Muchas razones históricas explican la rebeldía de los pueblos secundando la invitación de tantos sacerdotes.