Política

Lula y la inesperada reivindicación del centro

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  • Lula y la inesperada reivindicación del centro
  • Javier García Bejos

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La política latinoamericana acaba de ofrecer una de esas paradojas que desarman los diagnósticos apresurados. Cuando parecía que el avance de las derechas era inevitable, que el trumpismo había encontrado terreno fértil para consolidar su influencia regional y que las izquierdas atravesaban una crisis de representación difícil de remontar, Luiz Inácio Lula da Silva consiguió lo que nadie había logrado en la historia reciente de Brasil: perder la primera vuelta y ganar la segunda.

Con el 51.79% de los votos frente al 48.21% de Flávio Bolsonaro, el presidente brasileño obtuvo un cuarto mandato que parecía improbable apenas unas semanas atrás. No fue una victoria aplastante ni el anuncio de una nueva hegemonía progresista. Fue, sobre todo, una demostración de supervivencia política y de la capacidad de un dirigente experimentado para interpretar las circunstancias y corregir el rumbo.

Lula entendió algo que buena parte de las izquierdas y derechas contemporáneas parecen haber olvidado: las elecciones no se ganan únicamente movilizando a los convencidos, sino persuadiendo a quienes todavía están dispuestos a cambiar de opinión.

Su remontada tuvo varias explicaciones. La movilización de electores que se habían abstenido, una campaña digital más eficaz y la incorporación de votantes de candidaturas eliminadas resultaron decisivas. Pero también hubo una lectura política: frente a una contienda cada vez más polarizada, Lula consiguió ampliar su atractivo más allá de la izquierda tradicional. No necesitó renunciar a sus convicciones, sino convencer a una parte del electorado de que su continuidad ofrecía mayor certidumbre que el regreso del bolsonarismo.

Flávio Bolsonaro intentó, a su manera, hacer algo semejante. Buscó proyectar una imagen menos estridente que la de su padre y ampliar su aceptación entre votantes que no necesariamente comparten las posiciones más radicales de la derecha brasileña. Sin embargo, la moderación discursiva no bastó para desprenderse del peso político de su apellido.

El resultado deja una conclusión incómoda para quienes interpretan la política como una batalla entre identidades irreconciliables: el electorado no siempre responde a la radicalización con más radicalización. A veces, incluso después de años de confrontación, termina buscando una alternativa que prometa estabilidad.

La victoria de Lula también representa un revés para el impulso que Donald Trump ha dado a las nuevas derechas latinoamericanas. Brasil, la mayor economía de la región, no será gobernado por uno de sus aliados más cercanos. Y aunque sería exagerado presentar el resultado como una derrota general del trumpismo, sí demuestra que su influencia no garantiza triunfos electorales ni convierte en irresistible a cualquier candidato que adopte su discurso.

El fenómeno adquiere mayor relevancia cuando se observa el desgaste de Javier Milei en Argentina. Su experiencia de gobierno ha expuesto las dificultades de transformar una retórica antisistema en resultados económicos y políticos sostenibles. La confrontación permanente puede ser un recurso electoral extraordinariamente eficaz, pero resulta mucho menos útil cuando llega el momento de administrar un país, construir acuerdos y responder a expectativas sociales que no se satisfacen con consignas.

Tampoco sería sensato deducir de ambos casos que las derechas latinoamericanas han entrado en retirada. Su fuerza electoral, territorial y parlamentaria continúa siendo considerable. Y Brasil es precisamente la mejor demostración.

La paradoja es que Lula ganó la presidencia, pero las derechas y las fuerzas conservadoras conservaron una posición dominante en el Congreso. El Partido Liberal de Bolsonaro será la mayor bancada en ambas cámaras, con 121 diputados y 28 senadores. A ello se suma el peso del llamado Centrão, un conjunto de partidos pragmáticos que difícilmente puede confundirse con una fuerza progresista y cuya participación será indispensable para construir mayorías.

En otras palabras, Lula ganó el derecho a gobernar, pero no obtuvo un cheque en blanco para hacerlo.

Su próximo mandato estará condicionado por negociaciones presupuestales, acuerdos legislativos y concesiones que seguramente incomodarán a los sectores más ideológicos de su partido. La disciplina fiscal, el financiamiento de los programas sociales, la seguridad pública y las relaciones entre el Ejecutivo y el Poder Judicial pondrán a prueba su capacidad de conciliación.

Y acaso ahí se encuentre la verdadera trascendencia de esta elección. Después de años en los que la intransigencia se ha presentado como sinónimo de convicción y el acuerdo como una forma de claudicación, Brasil podría verse obligado a recuperar una práctica elemental de la democracia: negociar con quienes piensan distinto.

Esto tampoco significa idealizar al centro. La moderación no constituye por sí misma una virtud, ni todos los acuerdos son necesariamente buenos. El pragmatismo puede facilitar reformas indispensables, pero también encubrir el reparto de privilegios entre élites políticas. Lula conoce demasiado bien las virtudes y los vicios de ese sistema.

La izquierda brasileña haría mal en interpretar su victoria como una reivindicación irrestricta de su proyecto. Y la derecha cometería un error semejante si concluyera que sus triunfos legislativos le otorgan autoridad para desconocer el resultado presidencial. La negativa inicial de Flávio Bolsonaro a reconocer su derrota recuerda que la aceptación de las reglas democráticas sigue siendo una asignatura pendiente para ciertos sectores de la región.

A sus 80 años, el veterano dirigente brasileño ha demostrado una extraordinaria capacidad para sobrevivir políticamente. Sin embargo, su mayor desafío ya no consiste en ganar otra elección, sino en gobernar un país cuya pluralidad política no desapareció con su triunfo.

La lección de Brasil es que una elección puede ganarse desde el centro sin que desaparezcan los extremos. Y que, en una democracia, sobrevivir políticamente importa bastante menos que aprender a convivir con quienes no votaron por uno.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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