Un hombre de 65 años sostiene su teléfono celular con las dos manos. En la pantalla aparece una princesa, hija de reyes europeos. Es ella, pero no es ella. Su imagen desentona con una voz artificial.
—¿Me oyes?, ¿me oyes? —pregunta.
El hombre sonríe al teléfono, sentado junto a la isla donde los viajeros cargan sus celulares. Viste una chamarra negra, una gorra azul que ensombrece aun más esos ojos ocultos tras unos anteojos bifocales, y pantalón de mezclilla.
—Sí, sí te oigo —responde con un hilo que no alcanza a mezclarse con el ruido de la terminal.
Luego levanta la mirada del celular. Es sábado, un sábado de gloria con maletas que se atoran, de café en efímeros vasos, de llamadas apresuradas y niños dormidos en las piernas de sus madres, de una voz que anuncia destinos y últimas llamadas para pasajeros que deben abordar la unidad…
—¿Me oyes?, ¿me oyes? —pregunta de nuevo la voz de la princesa.
Esta vez Héctor, el hombre, sólo levanta el dedo índice frente a la pantalla y lo mueve de arriba abajo, despacio, como quien asiente ante alguien muy querido. Una señal mínima. Un viejo y familiar gesto que la grabación ni escucha ni ve…, o eso parece.
Después de unos segundos, otra vez el algoritmo convertido en voz de la joven princesa que, dice él, es “mi novia”.
—¿Me oyes?, ¿me oyes?
Esta vez él ya no responde. Tiene enfrente a un interlocutor tan humano como él.
—Soy de La Piedad, Michoacán —dice sin descuidar su celular, ajeno a los viajeros que cruzan estados para ver a los suyos, para no dejar que se rompa el hilo que los une a una casa, a una hija, a una nieta, a un amor. De los que quieren ser alguien en quien confiar.
La tecnología nos acerca, dicen sus promotores, pero es cada vez más una nueva y cruel forma de la ausencia.
“¿Me oyes?”, pregunta que responde a la distancia, al tiempo, a la vida que obliga a querer desde lejos, a alguien que nos salve, que se aferre a nosotros.
Tal vez todos estamos haciendo lo que el Héctor de la Terminal del Norte. Asintiendo frente a alguna forma de ausencia, sin darnos cuenta de que fuimos, o pudimos ser, ese otro Héctor, el hijo de Príamo y Hécuba.
Queda la rara sensación de que quizá a eso estamos reduciendo la ternura: seguir respondiendo, aun cuando la voz del otro, y quizá también la nuestra, sea grabada.
Al margen
Anuncia la delegada en Puebla del IMSS, María Magdalena Tinajero Esquivel, que será demolido el inmueble del Centro Internacional de Medicina (Cima) para dar paso a un centro de capacitación técnica. Vale, pues… No estaría mal que de una vez transparentara la compra-venta realizada cuando Enrique Doger Guerrero era delegado del seguro social en Puebla.