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Miércoles , 20.02.2019 / 03:34 Hoy

Crónicas urbanas

El Violentómetro y sus 29 formas

Humberto Ríos Navarrete

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La violencia contra la mujer en México ha llegado hasta el feminicidio. Es la culminación de lo que podría haber detrás de un historial que empieza con un germen, de menos a más, como “bromas hirientes”, “chantajear”, “celar”, hasta pasar por 29 formas de conductas y culminar con el asesinato, previo a forzar una relación sexual, abuso sexual, violar y mutilar.

El Violentómetro, concebido por Martha Alicia Tronco Rosas, investigadora del Instituto Politécnico Nacional, es una medición en tres etapas; la primera advierte de tener cuidado, pues “la violencia aumentará”; la segunda, “¡no te dejes destruir!”, y la tercera: “necesita ayuda profesional”. Está dividido en tonos amarillos, naranja y azul. Este último significa muerte violenta.

Fue creado hace 10 años por la doctora Tronco Rosas, también directora por la Unidad Politécnica de Gestión con Perspectiva de Género del IPN, y ya trascendió fronteras, pues lo han traducido a varios países. Los más recientes son Italia y China. Hace poco fue transcrito al maya.

Doctora en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Salamanca, España, la investigadora trazó un mapa de ruta y más tarde hizo una encuesta sobre cómo estaban los hábitos entre los estudiantes. El muestreo fue entre 10 por ciento de la población de nivel medio superior y superior, que sumaron 14 mil jóvenes, la mayoría del sexo masculino.

Luego, con la ayuda del Centro Nacional de Cálculo, hicieron un análisis. Fue “muy interesante” dentro de esa gama de hábitos, dice, como el hecho de decir: “Sí pellizca, pero de vez en cuando”, o “Me cela poquito”, “Me golpea jugando”, “Me revisa mi celular pero a veces”, “Controla mis amistades”, “Me sugiere cómo vestirme”, “Me hace bromas hirientes”, “Me aplica la ley del hielo” y muchas actitudes que se ven como “normales”.



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Fueron cuatro meses de análisis. Entonces surgió la idea “como si fuera un semáforo de la violencia”, comenta Tronco Rosas, licenciada en Pedagogía por la UNAM. “Lo que hicimos fue ver los colores de manera pedagógica, simulando un semáforo preventivo; en los primeros 10 ubicamos un poco lo que es la violencia verbal, como ‘ten cuidado, la violencia aumentará’, mientras que en determinados centímetros colocamos otras de las manifestaciones, como descalificar, ridiculizar, ofender...”.

Entrevistada en su oficina del IPN, la investigadora recuerda que diseñaron cursos para estudiantes y para docentes, pues pensaron en formar promotores juveniles “por la no violencia”.

—Y entonces se consolida...

—Primero invitamos y sensibilizamos a los chicos. Encontramos a los que tienen ciertas características de líderes, ciertos perfiles; les dimos los materiales y les explicamos qué es la violencia cotidiana, la relación que se tienen con las chicas y los chicos. Les proporcionamos un kit con un morralito: “Aquí están tus violentómetros, haz alguna acción en tu escuela”.

Es parte de la historia.

—¿Y también para tenerlo en casa?

—También. Y lo más curioso es que durante algún tiempo estuvo en los envoltorios de las tortillas; eso fue muy interesante, muy eficaz, porque los señores que iban por las tortillas lo veían y lo desenvolvían… En la página de género decimos que lo pueden reproducir, siempre y cuando pongan que es del IPN, porque mucha gente piensa que es de Inmujeres.

Y es tan popular el Violentómetro, dice, que hace poco una amiga le escribió:

—Ay, me acordé de ti.

—¿Por qué? —respondió.

—Es que estoy en el Centro Nacional de Transfusión.

—Ah, qué pasó.

—Es que vi el Violentómetro.

Tronco Rosas se emociona cuando recuerda que el material didáctico es reproducido en varias partes del mundo como en Argentina, Chile, Guatemala y El Salvador, entre otros países, e incluso se ha traducido al eusquera y al catalán.

“Nosotros hicimos esto porque nuestras funciones son de prevención; ni siquiera de atención a víctimas”, explica. “Esta es una área muy pequeña, una área académica, donde diseñamos materiales de todo tipo”.

—¿Qué siente cuando le platican ese tipo de anécdotas?

—Me da mucho orgullo porque es un material que ha trascendido; y más que nada porque ayuda a las personas. En los cursos observamos que en temas de violencia de género podría explicarnos no que los hombres son malos o machistas, ni que las mujeres somos sumisas, sino que la perspectiva de género nos permite analizar y reflexionar por qué tenemos ese tipo de cultura. En los cursos empezamos con la diferencia entre sexo y género, para identificar todo lo que vemos como cotidiano.

—¿También hay violencia contra los hombres?

—Las estadísticas demuestran que los hombres mueren, a veces un poco más, por violencia entre ellos. Y las mujeres, más por violencia en manos de parejas, ex parejas, esposo o novio. Esa es la diferencia. Lo que tenemos que hacer es una revisión desde la perspectiva de género de cómo estamos construidos socialmente, porque eso nos permite hacer una reflexión personal necesaria, urgente, ya que nos conformamos con todo lo que encontramos en las familias. Entonces —invita— observen al país: hay muchos feminicidios.



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Los resultados de la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares —Endireh— 2016, del Inegi, “mostraron que en México casi siete de cada 10 mujeres han sufrido violencia, y que 43.9 por ciento de ellas ha sido agredido por el esposo, pareja o novio”.

En su Noveno Informe titulado “Principales preocupaciones sobre la situación de las mujeres” (del 2 al 20 de julio de 2018) la Comisión Nacional de los Derechos Humanos advierte:

“Para 64.3 por ciento la violencia física y/o sexual ejercida por su pareja le ha dejado consecuencias emocionales; la mayoría, tristeza o depresión; a la mitad, angustia o miedo, y, para un tercio de ellas, problemas alimenticios. Estas cifras ponen de manifiesto que el problema de la violencia contra las mujeres no ha disminuido...”.

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