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Jueves , 18.04.2019 / 18:36 Hoy

Crónicas urbanas

Adiós, mi Reina… del Albur

Humberto Ríos Navarrete

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Lourdes Ruiz, La Reina del Albur, era famosa por su carisma, siempre sonriente, con su inseparable mandil, símbolo de trabajo cotidiano, el cigarro en los labios, y en cualquier descuido te dejaba caer un albur con ese hablar de barrio, pues sabía que el suyo, Tepito, es sinónimo de chamba, talacha y bulla desde el amanecer hasta morir el día.

Es llorada por la gente del barrio y sus amigos de otras colonias. Los recuerdos giran por la memoria de conocidos de esta mujer, integrante de un grupo denominado “Las 7 cabronas de Tepito”, que inició en el comercio a los 8 años de edad, cuando su padre le regaló unos pesos, hasta tener su propio negocio en el que vendía ropa de niños.

Uno de sus albures más conocidos lleva el nombre de un libro: Cada vez que te veo palpito. Así era ella, Lourdes Ruiz, entrevistada por todo el mundo y conocida por gente que vio y escuchó su nombre rolar en los medios informativos, y no solo impartió cursos sobre albur, sino que inauguró un diplomado sobre ese subgénero que renació en el barrio.

La medianoche de ayer se supo de su muerte y algunos llegaron a su casa de la colonia Morelos, mientras otros asistieron a la funeraria García López, de la colonia Juárez, hasta donde la siguió una amiga de la infancia, Marcela Torres Romo, los ojos rojos de tanto llorar, quien suspira y solloza.

—Se fue, se fue una de “Las 7 cabronas de Tepito” —exhala después de reprimir la respiración—, se fue la alburera más chingona que tuvimos y que hereda una cultura, ¿no?, al barrio. Era tan chingona, tan chingona, que se fue así —roza los dedos pulgar y de en medio—, sin darnos chance de nada; a todos nos agarró en curva; todos estábamos en chinga, trabajando, como buenos tepiteños que somos.

La mujer vuelve a detener el resuello, respira y luego traga saliva, como si estuviera a punto de ahogarse, y suelta otro recuerdo, aunque a veces se ríe al hablar de Lourdes Ruiz: “En lo personal, para mí, fue como un balde de agua helada, porque éramos amigas, nos llevábamos a todo dar, por no decir que a toda madre… Sí, se fue con su mandil, como siempre anduvo, llevaba su babero; se fue como toda una gran chingona, como era Lourdes”.

Coronas de flores rodean el ataúd donde descansan los restos de Lourdes Ruiz. Los familiares prohíben la entrada de todo tipo de cámaras. Desde la entrada el policía advierte que no se deben tomar fotos ni imágenes con videocámaras, pero no todos atienden las súplicas.

Llega un individuo con chaleco de fotógrafo y bulto en el costado derecho. Comenta que tomó un diplomado de albur con Ruiz. Lo dice mientras sube en el elevador. Espera a que haya un descuido y saca su cámara, la enfoca y dispara al rostro de la difunta. Un familiar se percata y lo lleva hacia el fondo. Después se sabría que lo obligó a borrar las imágenes.

***

Los amigos y vecinos se reúnen. Algunos no quieren hablar después del incidente con el fotógrafo que supuestamente asistió a un diplomado de albures. De modo que varios guardan mutismo. Afuera, otros más esperan a que parta la carroza a un cementerio de Tlalpan.

En la acera, con párpados inflamados, Marcela Torres, de 60 años de edad, dice entre sollozos que sus amigas y conocidas sienten la muerte Ruiz, “sí señor, estamos en shock, y hay algunos que todavía no saben que murió; es algo que no se cree, porque trabajó mucho y todavía dejó muchas cosas por hacer, pero desde allá arriba nos va a guiar la cabrona”.

—¿Desde qué edad se conocen?

—Huy, señor, ahora sí que desde la primaria. Yo tengo 60 años de edad; no me pregunte cuántos tenía ella porque… ¡en sí, nunca supimos ni qué onda, pero nos conocemos desde la primaria en el barrio, y pues el baile y todo el coto, ¿no?, a veces nos topábamos, a veces no. A mí me cayó muy fuerte su muerte —vuelve a sollozar— porque apenas el lunes o miércoles estaba yo desayunando con ella y todavía cotorreamos.

—¿Qué fue lo último que platicó con ella?

—Le digo: estaba yo desayunando y me dice: quiúbole, bizcocho; le digo: “quiúbole, cabrona”. Y me dijo: “¿Ya te lo ganaste?” Y le digo: “Ahuevo, porque obrero que no come, obrero que no rinde”. Y me dice: “Sácate a la chingada”. Y le digo: “No mames”. Es que —trata de disculparse, quien vive en la Cerrada de Matamoros— algunas así hablamos en Tepito...

Alguien escribió en las redes sociales: “¿Ya se va, señora Lourdes?”. Ella contesta: “Sí, ya me voy, voy a alburear a Dios”.

***

Y aquí están otros amigo de Lourdes Ruiz, en espera de que salga la carroza. Ojerosos. Su familia, por supuesto: hijos, sobrinos, hermanos.

Un joven que conoce a la familia desde hace 18 años, que estudió con uno de sus hermanos de Lourdes la prepa, comenta luego de un suspiro que no queda ningún sustituto que se le compare a La Reina del Albur.

Neil Estrada, quien conoció a La Verdolaga Enmascarada, comenta que Lourdes Ruiz fue un personaje “único de Tepito: de lucha, de trabajo, una mujer ejemplar, que puso en alto hoy, en las redes sociales y en el mundo, el nombre de Tepito”.

—¿Qué recuerda lo último de ella?

—Bueno, la última charla que tuvimos —comenta el hombre, mientras se le rasan los ojos de lágrimas— curiosamente le decía y le dedicaba una canción de Los Beatles, “I'll follow the sun”, nos dimos un fuerte abrazo, porque somos gente de barrio, y me dijo: “Eres un hijo de la chingada, cabrón”, y no abrazamos y nos dimos un beso y no la volví a ver.

La hija de Neil, Marian Estrada Jiménez, de cinco años, la recuerda con cariño y muestra un mandil que se compró en honor a Lourdes, quien le dice durante una de sus visitas: “Para mí es un honor y un orgullo que tú uses esto —refiriéndose al delantal— y que a tu edad lo traigas puesto, quiere decir que eres responsable, y quiero abrazarte”.

Y la abraza.

Y allá va Lourdes, entre aplausos y llantos de su gente y amistades de otras colonias... que la visitaban en su puesto de ropa, situado en el mero corazón del barrio que se identifica con una frase acuñada en su inmortal memoria: “Existe porque resiste”.

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