Espectáculos

El cisne negro

Por qué leer los clásicos, el título del maravilloso ensayo del italiano Ítalo Calvino, puede abarcar mucho más que el campo de la literatura y aplicarse a todo el mundo del arte.

Calvino señala que los clásicos no pierden vigencia, porque siempre tienen algo que decir a las nuevas generaciones. Pienso en ello mientras me MARAVILLO con El cisne negro, una propuesta de danza-teatro- performance-instalación que hace temporada en el magno --nunca mejor dicho—escenario del Castillo de Chapultepec.

Se trata de un espectáculo extraordinario de La infinita compañía, que poco a poco se ha ido colocando como una de las más sólidas y propositivas de nuestro país.

Antes de hablar de este montaje, hagamos un poco de historia: El cisne negro es uno de los personajes de El lago de los cisnes, sin duda el ballet clásico por antonomasia, nacido no con el pie derecho en 1877 en el teatro Bolshoi, con coreografía de Julius Reisinger.

Se trataba del primer ballet escrito por Chaikovski, por lo que la estructura no resultó la más adecuada, a lo que se sumó una pobre producción y los desacuerdos con el director. Sin embargo, dos décadas después, y ya en manos de los coreógrafos Marius Petipá y Lev Ivánov, ahora en el teatro Marjinski de San Petersburgo, El lago de los cisnes arrancó su historia de éxito que llega hasta hoy.

Y es aquí donde entra Ítalo Calvino, pues este clásico del ballet internacional, ha sido visitado y revisitado con múltiples y variadísimas interpretaciones. Una de las más famosas es la que realizó en 1995 el coreógrafo Matthew Bourne, con su compañía New Adventures, en la que todos los personajes de los cisnes eran interpretados por hombres. Esa versión se hizo muy popular gracias a la escena final de la película Billy Elliot, en la que se ve un muy emotivo fragmento.

Otra muy conocida versión es la que realiza la compañía Les ballets Trockadero de Montecarlo, que en realidad son de NY, en la que con un alto tono de comedia se representan los momentos icónicos del ballet.

Larga es la lista de coreógrafos (mujeres y hombres) que se han zambullido en las aguas de ese lago clásico, y lo han reinterpretado para distintos públicos. Algunos de ellos son Mats Ek, Alexander Ekman, María de Ávila, Fredrik Rydman, Michel Fokine, Maya Plisetskaya, Marcia Haydée, Mar Aguiló…

Ahora, aquí en pleno corazón de la ciudad de México, podemos disfrutar de la propuesta de La infinita compañía, dirigida por Rodrigo González y Raúl Tamez, quienes han conformado un equipo de bailarines y creativos de primerísimo nivel.

La emoción inicia al pie del castillo (actual Museo Nacional de Historia), donde un equipo de muy amables y eficientes jóvenes reciben al público, que a pie (10 minutos caminando) o en camionetas sube hasta la cima, para ingresar al patio principal del maravilloso recinto, acondicionado con una amplia gradería y un enorme escenario.

Y a partir de ahí todo es sorpresa, deslumbramiento, talento, exactitud, entrega, pasión, emoción, y vivas y bravos y ovaciones para lo que vemos en el escenario.

La voz omnisciente del narrador cuenta la anécdota central, para ubicar personajes y trama. La coreografía y dirección es de Rodrigo González, quien hace una propuesta EXTRAORDINARIA, en la que se pueden identificar los momentos clave de la historia, pero que aquí no se quedan en la ilustración, sino que hay una deconstrucción de sentimientos, pensamientos, relaciones que atrapan e impactan en el corazón y el cerebro del espectador.

Rodrigo se ha rodeado de un brillantísimo equipo creativo integrado por Mario Marín del Río que ha diseñado una escenografía soberbia, que complementa al ya de por si hermoso y espectacular espacio. No revelaré el momento en que el lago aparece en escena, pero es digno de una ovación de pie; lo mismo que la iluminación, exacta para centrarse en lo que sucede en escena, pero con guiños más que atinados para aprovechar cada rincón del recinto.

Lo mismo sucede con el vestuario, diseñado por Atardeser Dwsk, artista representado por Banana Contemporany, quien “ha integrado la fuerza gráfica del arte urbano a un espacio escénico tradicional”.

Y bravo, bravo, bravo a los intérpretes. MARAVILLOSOS todos.

Paulina del Carmen como Odette es realmente soberbia. Cuerpo, cara, gestos, dedos, ojos, piernas… cada músculo expresa y atrapa.

Junto a ella brilla igualmente Alan Huerta como Sigfrido (a quien vi y que alterna con Carlos Coronel, a quien también quiero ver).

Y completa el trío protagónico Yan Carlo Morejón, como Von Rothbart, también que gran intérprete.

Repito: ¡Bravo para Pauliuna; bravo para Alan, y bravo para Yan!

Y extensiva la ovación para Domingo Rubio, Lilia Balandrano, Ailee Aguilera, Álvaro Pérez, Cristóbal Ríos, Jennifer Rivera, José Ortiz, Mariano Elizalde, Pamela Grimaldo, Ulises González, Valery Aguilar, Yoroslav Villafuerte y Yokoyani Arreola. ¡Todos estupendos intérpretes!

El cisne negro, un espectáculo a la altura de los mejores del mundo (sin exagerar), se presenta hasta el 8 de marzo, jueves, viernes y sábado a las 20 horas, y domingo a las 19 horas.

Tiene razón Ítalo Calvino: “los clásicos no pierden vigencia! Y La infinita compañía lo sabe ¡Bravo!


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Hugo Hernández
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