En su novela titulada 11/22/63 en su edición en inglés, Stephen King juega con las posibilidades de viajar por el tiempo. En concreto, al pasado: al jueves 9 de septiembre de 1958 para de ahí, impedir el magnicidio de John F. Kennedy el 22 de noviembre de 1963 en Dallas.
La ficción nos ayuda a jugar con posibilidades infinitas emanadas del “y si pasara esto” para de ahí, los laberintos del presente se multipliquen y deriven en futuros “alternativos”.
Pero es eso, un juego de la imaginación para escribir novelas, cine o por ejemplo la alemana Dark para Netflix, no una fórmula que de certidumbre para manipular la realidad y el tiempo.
Si, digamos, el primero de junio de 2015, a poco menos de un año y medio de las elecciones para suceder a Obama, un guionista hubiera plantado a un productor una historia donde una especie de junior neoyorquino avejentado, playboy, sibarita, liberal, divorciado y más demócrata que republicano, se convertiría en el presidente de Estados Unidos bajo el estandarte conservador y anti inmigrante que coquetea con una América perfecta (es decir, blanca), seguramente lo habría tachado de un burdo imitador de House of Cards.
Pero sucedió. Para euforia del surrealismo, sucedió. Pese a todo y a todos: cuando el 16 de junio de ese año, Trump anunció su precandidatura en la terna republicana, hubo burlas, sonrisas irónicas, memes y la suficiente cantidad de sketches cómicos para reflejar que (casi) nadie lo tomaba en serio.
Para el 26 de julio, los expertos citados por la gran mayoría de los medios aseguraban que Trump no tenía “ninguna posibilidad de lograr la nominación” republicana, pese a que las encuestas ya lo situaban como favorito.
Lo demás, ya lo sabemos: pese a perder el voto popular por casi tres millones (más del dos por ciento) ante Hillary Clinton, Trump ganó en el colegio electoral y se impuso en esos comicios que dejaron mucha tarea a columnistas, analistas, economistas, sociólogos y, con el tiempo, a historiadores.
Y si justo algo hemos aprendido del ascenso de Trump es que nada está escrito, estamos ante una especie de segunda temporada donde como espectadores, sabemos que la incertidumbre permea el presente para detonar ese futuro donde todo puede suceder.
El impeachment, la economía y el empleo, el comercio con China, la sagacidad de Trump para reconvertir sus gazapos y errores en cualidades, los enconos raciales, el o la aspirante demócrata y su capacidad para lidiar con la apatía y hartazgo del estadunidense versus su indignación y madurez política, los profundos e incrustados intereses representados en el lobbying, internet y claro, no podía faltar el “villano”, Vladímir Putin, son piezas y variantes, detonantes y factores de ese juego de ajedrez en donde todo es posible, desde la “lógica” (aunque indigne a los mexicanos) reelección de Trump o la “corrección histórica” de su derrota (y degradación, faltaba más) sin importar ante quien.
Y ahí, como hace cuatro años, puede haber grandes sorpresas.
horacio.besson@milenio.com