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Miércoles , 20.02.2019 / 03:48 Hoy

Atrevimientos

Sócrates y Platón: la educación de la política

Héctor Raúl Solís Gadea

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En preparación para mi clase, releo un célebre texto de Giorgio Colli que escribió a los veinte años de edad, llamado Platón político. He aquí algunas de sus enseñanzas mezcladas con ideas que me sugiere o que recojo de otros sitios.

El abismo entre el mundo ideal y el mundo real ha sido una de las preocupaciones más importantes de la filosofía política desde sus inicios. Aunque en última instancia es imposible franquear la fractura entre lo que es y lo que debe ser, no es conveniente que se profundice demasiado.

En ocasiones el abismo alcanza tonos dramáticos, como en el juicio y la condena de Sócrates a manos de la democracia ateniense. ¿Cómo pudo Atenas matar al más virtuoso de sus hijos, el que más se esforzaba por contribuir al bien superior de la polis? ¿Por qué ocurrió un hecho tan alejado de los ideales de una buena sociedad?

El acontecimiento cimbró la conciencia de la época. Para Platón, principal discípulo del maestro, fue la señal de que debía renunciar a la política no obstante pertenecer a una familia prominente y haberse preparado para ello desde muy joven. Ya había sufrido algunas decepciones, entre ellas la decadencia de la democracia, la derrota de Atenas en las guerras del Peloponeso y el desempeño reprobable de unos tíos suyos --Cármides y Critias-- que fueron parte del gobierno de los Treinta tiranos.

Tras el asesinato de Sócrates y la manera estoica en que éste aceptó su destino, Platón terminó de convencerse de que, en lugar de buscar el poder, tenía que dedicar su vida a educar a los políticos en el amor a la virtud y la sabiduría. Ésta era la única forma --según creía-- de mantener la esperanza de que habrían de prevalecer el bien y la justicia en el Estado. Fundó su famosa Academia, escuela que duraría mil años y sería un antecedente de las universidades. Apostó a que la salida a la falta de virtud, el camino para acercar el mundo real al mundo ideal, era el estudio, la comprensión de los valores y conceptos que constituyen la esencia de lo que existe... y lo sostienen.

La ejecución de Sócrates significó la aparición de una tensión irresoluble que resuena hasta nuestros días: el conflicto entre la ciudad y sus habitantes particulares. La necesidad de mantener la cohesión de la vida en común, por una parte, y garantizar la libertad de conciencia de los ciudadanos, por la otra, sobre todo aquellos inclinados a pensar, juzgar y debatir los comportamientos de los demás.

¿Cuánto de libertad al individuo para cuestionar el orden social y cuánto de disciplina política para mantener el orden? ¿Cómo hacer compatibles la estabilidad política y la tolerancia de la crítica? Estos extremos no deben alejarse demasiado, porque si bien la crítica de individuos perspicaces puede socavar la cohesión de la sociedad, también es necesario que alguien ponga el dedo en la llaga y denuncie las injusticias que corroen el todo social.

Sócrates se concebía a sí mismo como un tábano, el insecto molesto cuya labor es señalar a toda hora lo que no es correcto, incomodar a los demás y exigirles que sometan a examen su propia conducta. Fue condenado a tomar la cicuta por el delito supuesto de impiedad: corromper a la juventud, incitarla a no creer en los dioses de la ciudad. La filosofía se reveló, entonces, como un ejercicio peligroso para el statu quo.

A pesar de que pudo haber escapado --sus discípulos prepararon su huida--, Sócrates decidió acatar las disposiciones del Estado. En su perspectiva, era preferible ser objeto y no autor de una injusticia. El misterio de esta decisión encierra una de las lecciones morales más profundas de la Historia. En mi opinión, nos transmite, por lo menos, dos enseñanzas: 1) Quien critica lo establecido cruza un umbral sin retorno: está solo, nadie puede ayudarlo salvo la fuerza moral que le viene de su interior por hacer lo que le dicta su conciencia. 2) La crítica es un disolvente de la vida social al que deben ponerse límites, pero no mediante injusticias que terminen provocando lo que se quiere evitar: la destrucción de la armonía social y la legitimidad de los gobiernos.

Platón encontró su misión: consagrar su vida a diseñar una utopía centrada en la justicia como concepto que procura la armonía social y el adecuado funcionamiento de la sociedad. Si la justicia imperara, Sócrates no habría tenido un desenlace trágico. En un orden justo cada quien hace correctamente lo que corresponde a su misión y sus talentos, y recibe de la sociedad --de la polis-- el equivalente de lo que a ésta le entrega.

Creía que para alcanzar este propósito los gobernantes debían ser filósofos: orientar sus actos de acuerdo con un conocimiento superior que permite acercar lo real al bien y la justicia. La tarea que nos legó Platón, de la mano de su maestro Sócrates, es dedicarnos a la educación de la política. Luego de fundar la Academia y escribir su obra cumbre, La República, Platón habría de decepcionarse de nuevo, pero su estafeta llega hasta nosotros.

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