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Sábado , 20.04.2019 / 19:47 Hoy

Atrevimientos

La importancia del liderazgo

Héctor Raúl Solís Gadea

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Es un lugar común afirmar que nos hacen falta líderes. Recuerdo haber escuchado esa queja desde siempre. Y también afirmaciones, por ejemplo, como que nos hace falta otro Lázaro Cárdenas, o que Estados Unidos hace mucho que carece de un hombre de la talla de Franklin Delano Roosevelt. Golda Mier, la primera ministra de Israel durante los años sesenta y setenta, también es considerada como una lideresa indiscutible.

También es un lugar común afirmar, sobre todo bajo la influencia de las ciencias sociales, que los individuos no son el verdadero sujeto de la historia. Que los factores que determinan el destino de los pueblos son procesos colectivos incontrolables por la voluntad humana: por ejemplo, la influencia de las clases sociales o el poder de las fuerzas económicas que gobiernan el mundo. Muchos sociólogos suelen creer que existen leyes de la historia y que los individuos están sujetos a los mecanismos de las estructuras sociales o los sistemas políticos, económicos y culturales.

Paradójicamente, esta creencia, la de que los individuos no cuentan porque estamos sujetos a mecanismos sobre lo que no tenemos control, es lo que nos hace esperar demasiado de la llegada de grandes líderes que nos traigan la solución a nuestros problemas. Hay que recordar, por ejemplo, la narración de las escrituras hebreas según la cual el pueblo judío estaba a la espera de su redentor, su mesías, quien habrá de salvarlo de la dominación romana y conducirlo a la tierra prometida.

En tiempos mucho más cercanos a nosotros, a principios del siglo pasado, el sociólogo alemán Max Weber, ponía sus esperanzas en la formación de líderes dotados de carisma, compromiso con una causa y sentido de responsabilidad. Alemania había sido unificada bajo el liderazgo de Bismarck, terrateniente y político de gran carácter, que le dio estabilidad y fortaleza a la nación. Sin embargo, cuando salió del poder, Alemania quedó carente de políticos capaces, lo que propició errores de conducción política en el campo internacional y la insustancialidad de la burocracia gobernante. A la postre, el gobierno alemán fue incapaz de mantener los equilibrios de la geopolítica poder y fue arrastrado a la Primera Guerra Mundial.

Para Weber, el carisma era el factor capaz de modificar el rumbo de la historia. El carácter extraordinario de un líder, por su magia personal y su talante profético, lo hace capaz de procurar la obediencia de los demás y romper las estructuras del pasado. La frase “así está escrito, pero yo en verdad os digo...” (que las cosas habrán de ser de otra manera) es el ejemplo paradigmático del hombre capaz de liberarnos de la tiranía del pasado.

Sin embargo, las cosas no resultan tan sencillas. Weber también fue uno de los sociólogos que más importancia le prestaron al estudio de la burocracias, los estados y las estructuras de la economía que controlan el destino de las sociedades contemporáneas. Sabía que las fuerzas de la racionalización burocrática, la planificación, el control técnico de la vida social, eran factores sobre los que poco se puede hacer para evitar su influencia.

De esta manera, podríamos llegar a una conclusión doble: Por una parte, los líderes verdaderos existen, porque a veces surgen individuos capaces de movilizar a los demás y encauzarlos en una dinámica de cambios en las instituciones, la estructuras sociales y las leyes. Tienen gran capacidad para concitar la obediencia de los demás y formar núcleos de poder social o político efectivo.

Por la otra, sin embargo, los líderes no son omnipotentes. Todo líder encuentra sus límites en las fuerzas de la burocracia, los mercados económicos, los intereses creados e incrustados en los mecanismos del Estado, amén de los vericuetos legales que asfixian la espontaneidad. Y a esta lista podríamos agregar los nudos e inercias de las instituciones y organizaciones.

La filosofía política ha tratado, desde el tiempo de los antiguos, de encontrar la fórmula para formar buenos líderes. Además, abundan los programas universitarios y escolares dedicados a inculcar las habilidades de liderazgo que permitan formar buenos gobernantes, estrategas, directores de organizaciones, empresas e instituciones. Como se puede colegir, no resulta fácil dar con la receta para “producir” un líder adecuado, y mucho menos para identificar la estrategia que debe seguir si quiere realizar sus encomiendas o la tarea que le exigen las circunstancias.

Sin embargo, los líderes no sólo son necesarios sino indispensables. Todo agrupación humana, desde un movimiento social hasta una organización compleja, pasando por una empresa, un partido político o una institución pública, requiere un liderazgo inteligente. Si fuera fácil ser un buen líder cualquiera lo sería. La fórmula de un buen liderazgo no existe: la tiene que diseñar el propio directivo. Por eso, ser un líder, es un arte.


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