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Jueves , 25.04.2019 / 16:10 Hoy

Atrevimientos

En compañía de Company

Héctor Raúl Solís Gadea

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“Ahorita vengo compadrito, y nos comemos unos tacos de frijolitos calientitos”. O lo que es parecido: “Ahí nos vidrios, ya verás que nos la vamos a pasar a toda madre”. Otra expresión que para lo que me propongo tiene un sentido similar: “¿Quihúboles? ¿Cómo les fue? Pues mal, creo que ya valimos madre; a ver si no nos lleva la chingada”.

Si quien esto lee es mexicano seguramente se va a identificar con esta manera de hablar. En cambio, si es de Argentina o Colombia podrá interpretar adecuadamente el significado general de lo que se dice, pero tal vez no comprenda a plenitud todo lo que está en juego, de manera precisa o particular, en estas expresiones. Porque cualquier mexicano que se precie de serlo sabe que no es cosa menor “que se lo lleve a uno la chingada”. Es algo que puede significar muchas cosas, pero algunas verdaderamente graves: salir derrotado en una apuesta, ser corrido del trabajo o hasta perder la vida.

Y sólo siendo mexicano a profundidad puede uno participar del placer involucrado en unos “tacos calientitos” o del gozo que conlleva “pasársela a toda madre”.

Lo que importa es que la manera de hablar forma parte indisociable de la manera en que vemos todo lo demás. Todo, una visión del mundo, una manera de sentir y vivir, va implicado en la lengua con la que nos comunicamos. Mire, para acabar pronto, si lo mexicano se le nota a uno hasta en la manera en que nos dirigimos a un mesero: “Oiga joven, le encargo un salero por favor”. Tal vez un español diría así: “tráigame un salero”.

Esto que le cuento tiene que ver con la espléndida conferencia que impartió el jueves pasado la lingüista y filóloga mexicana, de origen español, Concepción Company Company.

Fue la culminación a la serie de lecciones que impartió, en el Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades, de la Universidad de Guadalajara, bajo los auspicios de la Cátedra Latinoamericana Julio Cortázar. El tema general de las lecciones fue “Gramática, Historia y Cultura en los cambios lingüísticos”.

El punto de partida de Company es el reconocimiento de que la forma en que un pueblo se expresa, y los hábitos lingüísticos que posee, son elementos de su identidad. En un artículo titulado “El español de México. Una herramienta para la cultura barroca”, afirma lo siguiente: “… el uso de las formas lingüísticas está anclado y determinado en gran medida por la forma de percibir, de sentir y de conocer de los pueblos. No cabe duda de que la lengua es el sistema que mejor permite acercarse, si bien nunca de manera directa, a la organización conceptual del ser humano y a su visión del mundo… Sin duda, --continúa Company-- el uso diario de la lengua refleja aspectos culturales inherentes a la visión del mundo de sus usuarios”.

Si mal no recuerdo, Hannah Arendt escribió alguna vez, refiriéndose a la experiencia del exilio, que quien deja su país de origen no sólo pierde a familiares y amigos, sino también la familiaridad con el mundo: se vuelve incapaz de nombrar las cosas que le rodean y, en consecuencia, de sentirlas suyas; no puede experimentarlas como algo que le pertenece.

Tenía razón. Cuando se ha vivido en un país cuya lengua es distinta a la materna, se cobra consciencia de cómo las palabras hacen que sintamos al mundo como nuestra casa. ¿Qué sería de nosotros sin las palabras? ¿Cómo sería el mundo? Pienso que habitaríamos una suerte de desierto; la vida sería insoportablemente desolada: nada expresaría significado alguno. Sería muy difícil, acaso imposible, vivir la experiencia de apropiarse de la realidad y sentir conexión con ella.

Tal vez se piense que el lenguaje humano nos ha separado de la vida, porque los demás animales están más conectados con la realidad externa. Un perro tiene una consciencia diferente a la nuestra quizás en el sentido de que no tiene la humana sensación de que ha sido separado de lo que le rodea. No sabe, o por lo menos no parece preocuparle, que un día morirá y dejará de pertenecer al cosmos, ignora que dejará de ser parte de la realidad porque simplemente no la concibe como algo distinto de sí. Creo que esto es así porque no tiene un lenguaje complejo y no se representa simbólicamente a la realidad.

El lenguaje humano nos da una consciencia más compleja de la realidad, pero pagamos un precio por ello: sentir que somos extraños a todo lo que existe. Al abstraernos de lo inmediatamente dado, por virtud de que nos lo representamos simbólicamente, dejamos de pertenecer a nuestra realidad externa; lo que nos rodea ha quedado divorciado de nosotros para siempre. El yo se distingue de todo lo demás.

Por eso, hablar, escribir, representar lo que sentimos, vemos y percibimos, es un viaje de retorno a la realidad que nunca llega a su destino; es intentar ser parte de algo más que está más allá de nosotros mismos.

Por eso también nuestra cultura, y el lenguaje como parte constitutiva de ella, es el puente que nos ayuda a conectarnos con el cosmos y con nosotros mismos. Gracias doctora Company por su magnífica conferencia.

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