Enrique Alfaro vivió su sexenio en dos pleitos públicos evidentes: uno constante contra Raúl Padilla y la estructura política de la Universidad de Guadalajara y el otro contra los medios de comunicación. Cada que podía, el exgobernador arremetía contra una triada de periódicos y dos estaciones de radio que cuestionaban la labor de gobierno estatal y local.
Podía tener razón, aun hoy es evidente en algunos de ellos el tufo militante y el fin electoral de sus publicaciones, incluso a contra corriente de los grupos mediáticos donde laboran.
Pero el desgaste fue evidente. Alfaro terminó con una cantidad mayor de voces críticas a partir de dicha postura y el enojo de la comentocracia continúa hoy en día, tanto que no permite ver con claridad la circunstancia completa del primer pleito. Pareciera que nadie ve que, junto con el líder naranja, quien azuzaba las aguas para presionar a Padilla era López Obrador.
Nadie escarmienta en cabeza ajena. La presidenta Sheinbaum decidió esta semana repetir algo que ya había mencionado meses atrás: No vean TV Azteca.
Para nadie es secreto que la relación entre el régimen y Ricardo Salinas es tensa por no decir inexistente. Aún hoy, la explicación sobre la ruptura es simplista y termina del lado de la versión oficial: López Obrador no quiso condonarle impuestos.
Es la misma simplicidad como cuando criticaban las visitas de AMLO a azteca o condenaban que se hubiera seleccionado a Banco Azteca para dispersar los programas sociales. En un inicio, decían que era el sexenio de Salinas Pliego por los negocios que estaba haciendo al amparo de López Obrador y, después, que López no quiso congraciarse con él. Todo, desde la simplicidad y el nulo ejercicio periodístico.
A la mitad, los periodistas y voces que trabajan en Televisión Azteca. Todos ellos con criterios propios que son borrados de las crónicas periodísticas porque si no el relato no se adapta a la creencia. Incluso, la deformación de declaraciones dadas por Salinas sobre la libertad de sus comunicadores.
Muchos de ustedes saben que trabajo en TV Azteca. Conozco bien la línea editorial y el armado de los noticieros. Muchas de las historias que se promueven sobre lo que pasa intramuros son, por ser suaves, inexactas, por no decir que fabricadas para acomodarse en el discurso oficial.
Al poder no le gusta que en los noticieros de Azteca se presenten los Hechos, no les gustó cuando Alatorre denunció la manipulación de números de muertos y enfermos de Covid en el 2020 contra lo que reportaba López Gatell. Nadie recupera que la denuncia venía no sólo de la investigación periodística sino de la denuncia pública del entonces gobernador de Baja California. Al día de hoy, las cifras le dan la razón a Javier Alatorre.
De igual forma, no les gusto la denuncia sobre la inutilidad de los libros de texto gratuitos que se usan para labores del adoctrinamiento y no para la educación de la infancia.
Encolerizados, denunciaron a Azteca por poner las cámaras en Guerrero y relatar las fallas de protección civil a la llegada de Otis.
Mientras esto pasaba, los cálculos del SAT sobre los litigios fiscales de Salinas aumentaban. De 15 pasaron a 32 y, de ahí, a más de 70 mil millones.
Azteca no creó la corrupción de la 4T ni el huachicoleo fiscal los sobrinos del ex secretario de marina o el caso de la barredora y, menos, la colusión denunciada por el gobierno de EUA del gobernador Rocha Moya y su banda con el Cartel de Sinaloa.
Cada una de estas historias vaya que han afectado al ciudadano, afectaciones económicas y pérdidas humanas, muertos y desaparecidos.
La respuesta de la presidencia ha sido de persecución y acoso no sólo a TV Azteca, sino a cualquier persona que se atreva a cuestionar el estado de la nación. La estrategia es la misma: crecimiento de presión en redes manejadas por el gobierno, cuestionamiento en la conferencia de prensa por parte de un sicofante de confianza para, tras de ello, el lucimiento de la presidenta con una tronante declaración o un chiste. Para finalizar, el escarnio en redes que reafirme la propaganda.
Pero eso ya no se soporta. En una de las encuestas más apegadas al oficialismo, la popularidad del régimen cayó siete puntos en un mes. Ni Peña Nieto tuvo tal descalabro.
Por eso es la petición que no se vea Azteca. No es una opinión, es una amenaza -una más- de censura desde el poder que va dirigido no sólo a ese medio, sino a cualquiera que disienta de las afirmaciones cotidianas.
Es entendible que haya miles que no les guste el contenido de TV Azteca –algunos para conseguir monetizaciones y otros por otras agendas distintas a esta–, pero el caso va más allá del diferendo empresarial ideológico, es la salud de la libertad de expresión del país.