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La noche del martes, una reportera de Político marcó el teléfono celular de Donald Trump con el objetivo de sacar unas primeras impresiones después de la debacle de las elecciones intermedias. Los compañeros de mesa en la transmisión especial se reían incrédulos del atrevimiento con la seguridad que la proeza no sería completada.

Pero Trump contestó, con una naturalidad como si fuera gran amigo de la periodista. Con ese desparpajo, aceptó los resultados que hasta esa hora se iban dando a conocer. En su estilo, negó alguna responsabilidad en las cifras y reiteró que el problema era que él –querido por todos según su perspectiva– no se encontraba en la boleta.

La realidad es menos sorprendente que la llamada: Trump falló en el cálculo doméstico. Luego de una exitosa campaña en 2024 que tuvo desde intentos de asesinato hasta un locuaz debate con un senil Biden, Trump gobernó para su base desde la polarización: radicales, extremistas, xenófobos y religiosos de todos niveles y poder adquisitivo.

Elon Musk se volvió el seguidor más vocal de una nueva presidencia trumpiana que tenía objetivos muy claros, esos que hoy en día todavía tiene el presidente de los Estados Unidos.

No, nunca fue en realidad su objetivo bajar el precio de los huevos, sino parar el debilitamiento de la influencia norteamericana en comercio, política e ideología.

Trump entiende que China domina el mercado mundial a partir de lo barato de su mercancía, puede que los productos del gigante asiático tengan problemas de calidad y de seguridad, pero su afordabilidad hace que los cuestionamientos pasen a su segundo término.

De la misma forma, el relajamiento de políticas de migración en Europa ha hecho que la estabilidad en la región sea complicada. Además, las tensiones en medio oriente no ayudan en nada a un paso tranquilo en las relaciones globales.

Trump decidió calentar la estufa para hacer volar la tapa. Se convirtió en el bully global que imponía condiciones y políticas comerciales para, con ello, infundir temor en sus colegas. Impuso una política de policía del mundo a gran escala que podía invadir Venezuela sin consecuencias y amenazar a cualquier país sin que ninguno tuviera el cobijo real de la comunidad internacional.

Y llegó Irán. Los norteamericanos podían aguantar candidatos enloquecidos, violaciones a derechos humanos y persecuciones mediáticas, pero el deterioro del poder económico fue suficiente para voltear al votante de forma masiva.

Cierto, hay comunidades que tienen sus propias razones, como los latinos de California o Texas, quienes no soportaron las ínfulas de los republicanos como Abbott –el gobernador de Texas derrotado por Gina Hinojosa– que se regocijaba por el actuar del ICE.

Abbott perdió de la mano de Musk –que le invirtió 200 millones a su campaña– en un Texas cuyos condados son azules contra un territorio casi rojo en su totalidad. La tensión crecerá hacia 2028 y los republicanos intentarán recuperar terreno hacia la elección presidencial en dos años.

Pero no Trump, el sabe que no se puede reelegir y que las cartas están puestas en un objetivo mayor: el cambio ideológico de la región. Eso se ha convertido en la obsesión y objetivo del inquilino de la Av. Pensilvania y su equipo.

Por ello, la derrota republicana no es una noticia positiva para México. Trump no requiere del congreso en su persecución del régimen morenista. Al contrario: él y su partido saben que Morena usó sus recursos en EUA para pegarle a las posibilidades de triunfo de los republicanos.

Y eso no lo van a olvidar.


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Gonzalo Oliveros
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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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