Los lingüistas apodan “heterograma” a las palabras que no tienen una sola letra repetida. Y celebran la existencia de la voz adulterinos, un heterograma pentavocálico. Adulterino, dice María Moliner, “se aplica particularmente al hijo que procede de adulterio”.
Tengo para mí que el anti-heterograma principal, en lengua sajona, es la voz Mississippi: salvo la primera letra las otras diez se repiten. Y en la otra orilla de las voces panvocálicas tenemos las monovocálicas, como odontólogo (su rival en el rubro de las profesiones sería el pentavocálico arquitecto) o como Alabama o, si me apuran, Aracataca, la tierra donde nació el lipogramático (le falta la o) Gabriel García Márquez.
Añado aquí que un lipograma es un texto que carece de alguna de las letras del alfabeto, como las novelas amorosas de Alonso de Alcalá y Herrera: Los dos soles de Toledo (sin la letra a) o La carroza con las damas (sin la letra e). Sabemos que Georges Perec realizó una proeza similar en La Disparition.
Prescindió de la letra e. Y, a propósito de la cita del Diccionario de uso del español de Moliner, no recoge la voz heterograma ni el vocablo lipograma. Sí define, en cambio, la voz heteronimia, a saber: “hecho de que dos palabras de significado muy próximo proceden de étimos diferentes; como caballo y yegua”.
Que nos hace pensar en los célebres heterónimos (me detengo en Pessoa y en Antonio Machado: “Nombre diferente del suyo propio que un autor utiliza para firmar sus obras”.
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